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Nostalgia Navideña y Culpa Materna: Cuando la Alegría y la Tristeza se Toman de la Mano.

Después de unas semanas alejada de mi blog, precisamente por un torbellino de emociones y sobrecarga de trabajo, hoy me siento desde mi espacio de paz y tranquilidad a escribir desde la empatía y la sinceridad que me llevo a iniciar con este proyecto.

Diciembre tiene una forma extraña de sentirse como un abrazo y una despedida al mismo tiempo. Hay luces, posadas, planes y risas; y de pronto, sin razón clara, aparece un nudo en la garganta.

A mis 46 casi 47 años, y con una hija de 7 que ilumina mi vida, la salud de mi mamá en recuperación, podría pensarse que tengo la Navidad «resuelta». Veo la magia en sus ojos y siento un agradecimiento profundo, genuino. Pero, al mismo tiempo, siento el peso del tiempo y la nostalgia de cada año agudizada de las sillas vacías en la mesa, para mi siempre serán Navidad mi abuelito Pepe y mi tia Lory, ellos me enseñaron a disfrutar estas fechas y ahora estoy aprendiendo a darle un nuevo significado con Mayte.

Si te pasa esto, si sientes que estás en una montaña rusa donde pasas de la euforia a la melancolía, quiero que sepas algo fundamental: no estás sola y no estás «mal».

Como pediatra y como paciente de psicología, lo veo y lo demuestro en consulta. Como madre, lo vivo en mi propia piel. Hoy quiero decirte con claridad: es normal sentir nostalgia y alegría a la vez.

¿Por qué nos sentimos así? La ciencia detrás del nudo en la garganta

No eres tú «siendo dramática», es tu cerebro procesando el cierre de un ciclo. Diciembre no es un mes neutro.

  1. Balance de vida: Tu mente revisa inconscientemente el año: lo que lograste, lo que faltó, lo que cambió y lo que dolió.
  2. Memoria emocional activada: Los olores, las canciones y las tradiciones despiertan recuerdos. Y los recuerdos no vienen editados «solo con lo bonito»; vienen con la historia completa, incluyendo a quienes ya no están.
  3. Sobrecarga sensorial: Rutinas rotas, ruido, luces y visitas. Para muchos cerebros (y para los niños), esto se siente como una sobrecarga del sistema nervioso

La trampa de la «Navidad Perfecta» y la Culpa Materna

A este cóctel emocional se le suma la presión. Las redes sociales nos venden cenas de revista, decoraciones impecables y madres con energía inagotable y looks modernos. Pero mi realidad (y quizás la tuya) incluye gestionar el dolor físico, el cansancio y las emociones complejas mientras intentamos hacer que el dinero rinda y crear magia para nuestros hijos.

Y entonces aparece la vieja amiga, la culpa materna con sus famosos «debería»:

  • «Debería estar feliz todo el tiempo».
  • «No debería sentirme cansada».
  • «Debería disfrutar cada segundo».
  • «Debería agradecer por todo lo que tengo».

Aquí es donde necesitamos romper el mito: Agradecer no borra el cansancio. Agradecer no elimina el duelo. Puedes estar profundamente agradecida por la infancia de tus hijos y, al mismo tiempo, estar triste por tu propia historia o agotada por la logística. Ambas verdades caben en ti.

Cuando los niños también sienten el torbellino

Como pediatra, debo recordarte que tus hijos son también sienten esta intensidad. En ellos, la nostalgia o la sobrecarga rara vez se expresan con palabras elegantes como «estoy melancólico». Además se les suma la expectativa de ser un «niño bueno» para recibir los regalos que han esperado todo el año. Visitar y convivir con parientes que rara vez ven y comer alimentos a los que ellos no están acostumbrados. Por eso se ven como cambios en su conducta:

  • Berrinches más frecuentes («no sé qué me pasa»).
  • Apego intenso o necesidad de contacto físico.
  • Irritabilidad y llanto fácil.

No se están portando mal; al igual que tú, su sistema emocional está lleno.

Herramientas para sobrevivir (y disfrutar) la Navidad Real

No te voy a pedir que «pienses positivo» o que dejes de extrañar. Te voy a dar herramientas de regulación que tal vez puedan ayudar a familias reales:

1. Ponle nombre corto a la emoción.

No necesitas un discurso. Di: «Hoy traigo mezcla: alegría con nostalgia» o «Hoy estoy agradecida, pero me pesa el cuerpo». Nombrar la emoción la ordena, y cuando la ordenas, deja de asustar.

2. El ritual de los 3 minutos.

Cuando sientas el nudo en la garganta o la ansiedad subir:

  • Pon una mano en el pecho y otra en el abdomen.
  • Inhala lento en 4 tiempos.
  • Exhala más lento en 6 tiempos.
  • Repite 5 veces y di: «Puedo sentir esto y seguir».

3. Una expectativa menos.

Elige conscientemente un «no haré». «No haré la cena perfecta», «No iré a ese compromiso que me drena», «No fingiré que no estoy cansada». No tienes que ir en tacones y con un peinado de salón a la cena de Navidad. Puedes elegir ser feliz, estar comoda y soltar una expectativa te regala más paz que diez propósitos nuevos.

La belleza de la contradicción

Si este diciembre te sientes en un torbellino, tu cuerpo no está fallando: está sintiendo, y sentir es profundamente humano.

Honra la alegría de tus hijos y honra la silla vacía. La gratitud madura entiende que la vida es mezcla de emociones.

Cuéntame en los comentarios:

¿Qué emoción te visita más este diciembre: la nostalgia, la alegría o el cansancio?

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Ir a terapia no te hace débil: Mi viaje, de la adolescencia a la maternidad

Un acto de valentía, No de fragilidad: Desmontando el estigma

Durante años, la conversación sobre la salud mental ha estado atrapada en un estigma injusto. Como pediatra, lo he escuchado en la consulta, y como paciente, lo he sentido en carne propia. Frases como «y para que vas con el psicologo, si tu estas bien», “yo no estoy loco”, “solo los débiles van al psicólogo”, o “no necesito terapia, puedo solo» «si tomas medicamentos te vas a hacer adicto» han sido el muro que nos impide buscar ayuda. Pero la realidad es otra, y es hora de decirlo en voz alta: ir a terapia es un acto de autocuidado, madurez y amor propio.

Es tan fundamental como llevar a nuestros hijos al pediatra, ir al dentista para una revisión o acudir al nutriólogo. Solo que, en este caso, el órgano que cuidamos es el más complejo y vital de todos: nuestra mente. La terapia psiquiátrica o psicológica no es una herramienta exclusiva para «casos graves» o diagnósticos psiquiátricos; es un espacio de crecimiento para cualquiera que desee conocerse mejor, mejorar sus relaciones, poner límites sanos o, simplemente, aprender a gestionar las emociones que nos hacen humanos: la ansiedad, la tristeza, la culpa o el enojo. Estas emociones no son debilidades; son la brújula de nuestra vida interior.

  • Mi Propio Camino: De la Adolescencia Silenciosa a la Sobrecarga de la Maternidad

Mi primer contacto con la terapia no fue dramático, sino silencioso. Yo era de esas niñas que pasaban desapercibidas, que no daban conflictos, siempre con buenas calificaciones, pero que por dentro cargaban un peso enorme. En la secundaria, mi mamá, con esa intuición que solo tienen las madres, notó mi conducta. No había un diagnóstico formal, pero sí una dificultad real para adaptarme a la adolescencia y, sobre todo, para transitar el divorcio de mis padres. Aquella psicóloga amiga de la familia fue mi primer salvavidas, recibi terapia persona y grupal, enseñándome que pedir ayuda no solo estaba permitido, sino que era la única forma de avanzar.

La vida me llevó a la universidad, y con ella, a la residencia médica. Fue ahí donde la sobrecarga, la competencia, los turnos interminables y la exposición constante a la enfermedad y la muerte hicieron que mis síntomas volvieran con una fuerza abrumadora. Fue mi primera vez tomando medicación, un paso que, aunque necesario, me hizo sentir frágil y con miedo a ser señalada. Sin embargo, ese proceso me enseñó una lección crucial: la salud mental debe ser tomada de manera formal y seria.

Luego, como muchos, la he dejado y retomado en repetidas ocasiones, creyendo que estaba mejor y envuelta en la rutina del trabajo y las actividades diarias. La vida me ha llevado a entender que la terapia no es un lujo o una solución temporal, sino una necesidad constante.

La pandemia, con su miedo a la muerte y la brutal sobrecarga laboral, fue un recordatorio de que, incluso como médicos, somos humanos y necesitamos apoyo.

Hoy, como pediatra y madre, entiendo que el acompañamiento terapéutico es doblemente fundamental:

  1. Para los profesionales de la salud: Nuestro trabajo diario nos expone a situaciones límite. Requerimos acompañamiento regular para procesar el dolor, la frustración y el burnout que son inherentes a nuestra profesión.
  2. Para las madres: Es vital para manejar la carga mental que implica ser la madre, esposa y profesionista. La terapia me ha ayudado a desmantelar la culpa materna y el prejuicio de querer ser perfecta, permitiéndome criar desde un lugar de mayor paz y empatía.
  • La Terapia en la Infancia: Una Brújula para la Crianza

Desde mi consultorio, veo a diario cómo el sufrimiento emocional se manifiesta en el cuerpo de los más pequeños: dolores de cabeza, problemas gastrointestinales, insomnio, irritabilidad. El cuerpo de un niño grita lo que su mente aún no puede nombrar. Por eso, el acompañamiento psicológico en la infancia y adolescencia es una inversión temprana que puede transformar su trayectoria emocional.

Es nuestro deber, como padres y profesionales, desmantelar los mitos que nos impiden buscar ayuda para ellos:

EtapaMito FrecuenteLa Perspectiva Real y Profesional
Infancia«Es muy pequeño, se le pasará solo.»Falso. Los niños sienten antes de entender. Los síntomas son señales de alerta que requieren validación y acompañamiento. Lo que no se atiende, se agrava.
 «No quiero que lo etiqueten.»El diagnóstico es una brújula. Nos da un mapa para entender mejor a nuestro hijo y acompañarlo con las herramientas adecuadas. No es una condena, es una guía.
Adolescencia«Mi hijo no quiere hablar, el tiempo lo arreglará.»El tiempo no cura lo que se silencia; solo lo entierra. La adolescencia es un caos interno de cambios cerebrales y sociales. La terapia ofrece un espacio neutral y sin juicio para poner orden.
 «Debería confiar en mí, no en un extraño.»El terapeuta no reemplaza la figura parental, la fortalece. El adolescente necesita un espacio donde pueda hablar sin miedo a las expectativas o al juicio familiar.
Adultez«Ya estoy grande para cambiar.»Nunca es tarde. La neuroplasticidad cerebral permite el aprendizaje y la sanación a cualquier edad. La terapia es el motor de ese cambio.
 «Solo necesito fuerza de voluntad.»La fuerza de voluntad no es suficiente contra el trauma no resuelto o el agotamiento emocional. La terapia nos enseña a usar nuestra fuerza con inteligencia emocional.
  • Encontrar a Tu Compañero de Viaje: La Importancia del Rapport

Mi paso por diferentes terapeutas me dejó una enseñanza invaluable que comparto con mis pacientes: no todos los terapeutas son para ti, y eso está bien.

He aprendido que cada profesional tiene su estilo, su corriente y su escuela, y no siempre se acomodan a la situación que estás viviendo en cada momento. Es como un par de zapatos: tienes que buscar con cuál te sientes más cómodo, con cuál tienes más rapport (esa conexión de confianza y empatía) y cuál tiene la experiencia específica para tus necesidades. No te rindas si el primero no funciona; la clave es encontrar a ese compañero de viaje que te haga sentir seguro para mirar hacia adentro.

  • Romper el Ciclo: Sanar para que No Duela Más

La terapia no es una varita mágica, pero sí es una brújula poderosa. No borra el pasado, pero te enseña a caminar con él sin que te arrastre. En terapia, no se trata de buscar culpables, sino de darle voz a lo que no la tuvo.

Cuando tú, como madre o padre, decides sanar, rompes cadenas invisibles. Sanan tus hijos, aunque no entiendan por qué. Porque empiezas a hablar, a validar sus emociones, a mirar diferente. Porque eliges conscientemente no repetir lo que te dolió en tu propia infancia.

Ir a terapia no es rendirse, es liberarse. Es hacer las paces con tu historia para transformar tu presente y el futuro de quienes vienen después. Es la mayor muestra de amor que puedes darle a tu familia.

¡Tu Historia de Valentía Comienza Hoy!

¿Estás dudando si ir o no? Este es tu recordatorio: hazlo!!. Es el acto de amor propio más valiente que puedes regalarte.

Sigamos Juntos en Este Camino de Crianza y Autocuidado

Gracias por acompañarme en este viaje personal. Abrir mi corazón sobre parte de mi experiencia con la terapia, esperando que tú también te permitas la valentía de cuidarte.

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Hablemos con el corazón: cómo comunicarnos con los niños y adolescentes enfermos

Un niño enfermo no solo se enfrenta al malestar de la enfermedad, inyecciones, personas desconocidas y la toma de medicamentos de sabor desagradable. Está entrando en un mundo que muchas veces no entiende: batas blancas, agujas, luces constantes, sonidos y ruidos molestos, palabras extrañas. Y ahí es donde nosotros, como adultos responsables de su cuidado —padres y personal de salud— tenemos la tarea más importante: acompañar con respeto, empatía y palabras que sanen.

Cuando un niño se enferma, a menudo los adultos subestimamos sus emociones. La enfermedad no solo trae síntomas físicos, sino que también genera una cascada de emociones complejas: confusión sobre lo que está pasando en su cuerpo, miedo a lo desconocido, ansiedad por la separación de sus rutinas familiares, e incluso una sensación de culpa o responsabilidad por estar enfermo.

Como pediatras, enfrentamos diariamente una de las responsabilidades más delicadas de nuestra profesión: comunicarnos con pequeños seres humanos aun en formación, cuya comprensión del mundo está en construcción, mientras sus padres luchan con sus propios miedos, ansiedades y la sensación de impotencia que surge cuando nuestros hijos están enfermos.

La comunicación en pediatría no es simplemente transmitir información médica. Es un acto de amor, de respeto y una oportunidad única de sembrar confianza durante toda una vida. Sin embargo, también es uno de los aspectos menos enseñados en nuestras facultades de medicina, donde el enfoque técnico a menudo eclipsa la dimensión humana de nuestra práctica.

Esta entrada nace de la necesidad de abordar una realidad que vemos todos los días en nuestra practica clínica: niños aterrorizados por «ir al médico» y amenazados además que se les picara si no dejan de llorar, padres angustiados que no saben cómo explicar a sus hijos lo que está pasando, y profesionales de la salud que, a pesar de sus mejores intenciones, a veces perpetúan dinámicas de miedo y desconfianza por falta de herramientas comunicativas adecuadas. Es crucial entender que para un niño, estar en un hospital o clínica no es solo un inconveniente temporal, sino una experiencia que puede moldear su relación con la medicina y los profesionales de la salud durante toda su vida. Cada interacción que tenemos con ellos es una oportunidad de construir confianza o, lamentablemente, de sembrar miedos que pueden durar décadas.

Los estudios revelan que una buena comunicación clínica se asocia con mejores resultados en salud, mayor satisfacción del paciente y sus familias, mayor adherencia terapéutica, y significativamente, menor posibilidad de demandas legales. Pero más allá de estas métricas, existe algo mucho más profundo: el impacto emocional y psicológico que nuestras palabras y actitudes tienen en el desarrollo emocional de los niños y en la salud mental de las familias.

Principios clave

● Decir la verdad con lenguaje simple: nunca mentir; simplificar y graduar la información.
● Personalizar por edad y neurodesarrollo; tratar de confirmar que la información fue comprendida por el paciente y los familiares.
● Validar emociones y transmitir calma: nombrar miedo/dolor y ofrecer opciones si es posible.
● Tomar decisiones en conjunto con la familia: centradas en el bienestar del paciente.
● Anticipar procedimientos explicando por pasos, sensaciones y cómo ayudaremos.
● Reducir dolor y ansiedad.

Preparación y acompañamiento en procedimientos

Antes: explicar el porqué, los pasos y cuánto durará.
Durante: Ofrecer opciones de confort como lactancia, contención gentil por el cuidador, posición cómoda, música, mantener al acompañante o distracciones. Usar técnicas de relajación como respiración guiada o conteo
Después: reforzar logros, evaluar dolor/ansiedad, ofrecer cuidados como la colocación de vendajes, frío local o calor.

● Evitar prometer ‘no dolerá’; en su lugar: ‘hará cosquillas, un pellizquito o ardorcito y pasará rápido; yo te acompaño’.

Consentimiento, permiso y asentimiento

● En pediatría, se busca permiso de padres/madres/tutores y asentimiento del menor cuando tiene capacidad para comprender.
● Respetar el derecho del adolescente a confidencialidad en temas sensibles; promover decisiones compartidas y documentadas.
● Si la familia pide ‘no decirle’, explorar motivos, evaluar capacidad de comprensión del menor y daños potenciales de ocultar; buscar acuerdos que protejan su bienestar y dignidad.


La Realidad Emocional del Niño Enfermo: Comprendiendo su Mundo Interior

Para comunicarnos efectivamente con un niño enfermo, primero debemos comprender la complejidad de su experiencia emocional. Los niños no son adultos pequeños; por lo que su forma de procesar la información, entender la enfermedad y manejar el miedo tiene características únicas que debemos respetar y considerar en cada interacción con ellos.

El desarrollo cognitivo y la comprensión de la enfermedad

La forma en que un niño entiende la enfermedad está relacionada con su etapa de desarrollo cognitivo. Los niños preescolares, por ejemplo, pueden creer que se enfermaron porque «fueron malos» o porque «no se portaron bien», reflejando su pensamiento mágico característico de esta edad. Los escolares pueden tener una comprensión más concreta de causa y efecto, pero aún pueden malinterpretar información médica compleja.

Esta comprensión evolutiva de la enfermedad nos obliga como profesionales a adaptar nuestro lenguaje, nuestras explicaciones y nuestras expectativas a cada etapa del desarrollo. No podemos esperar que un niño de cuatro años comprenda una explicación que sería apropiada para un adolescente.

🌱 Preescolares (3-6 años): pequeños con grandes miedos

A esta edad, el pensamiento es mágico y literal: creen que todo lo que les sucede puede ser consecuencia de algo que hicieron o pensaron. Por eso, es fácil que se sientan culpables o asustados.

👩‍⚕️ Como personal de salud:
  • Usa palabras simples y concretas: “Voy a escuchar tu corazón” en lugar de “auscultación”.
  • Permite que tengan a mamá o papá cerca durante los procedimientos.
  • No prometas lo que no se cumplirá (“no va a doler”) → mejor: “Va a doler poquito, pero pasará rápido.”
  • Refuerza con frases positivas: “¡Lo hiciste muy bien! Eres valiente.”
👨‍👩‍👧 Como papás o cuidadores:
  • Prepáralos con anticipación: “Hoy iremos al doctor para que nos ayude a que te sientas mejor.”
  • Usa juegos o muñecos para explicar lo que pasará.
  • Valida emociones: “Está bien llorar, yo estaré contigo.”
  • Refuerza la seguridad: “Nada de lo que hiciste causó que te enfermaras, no es tu culpa.”

📘 Escolares (6-12 años): en búsqueda de explicaciones claras

A esta edad, los niños ya entienden la lógica y necesitan saber el “por qué”. Si no reciben respuestas claras, las inventan.

👩‍⚕️ Como personal de salud:
  • Explica qué harás y por qué: “Esta medicina ayuda a tu garganta a mejorar.”
  • Hazlos partícipes: “¿Quieres escuchar también tu corazón con el estetoscopio?”
  • Sé honesto con el dolor: “Va a doler un poco, pero la medicina hará que mejores pronto.”
  • Usa ejemplos prácticos que entiendan (superhéroes o princesas, pequeños bichos o gérmenes, defensas del cuerpo).
👨‍👩‍👧 Como papás o cuidadores:
  • Involúcralos en su cuidado: que pregunten, que opinen si quieren agua o pastilla.
  • Refuerza su autoestima: “Confío en ti, sé que lo harás muy bien.”
  • Usa cuentos o comparaciones para explicar: “Tu cuerpo es como un escudo que necesita energía para recuperarse.”
  • No uses frases que minimicen: evita el “ya estás grande, no llores.”

🧑‍🦱 Adolescentes (12-18 años): adultos en construcción

Aquí buscan autonomía, privacidad y respeto. Tomarles en serio y hablarles de manera directa y clara.

👩‍⚕️ Como personal de salud:
  • Háblales a ellos por su nombre, no solo a los padres: “¿Cómo te has sentido tú?”
  • Respeta su intimidad: ofrecer unos minutos a solas puede marcar la diferencia.
  • Explica directo y sin adornos: odian sentir que los tratan como niños.
  • Involúcralos en decisiones: “Tenemos dos opciones de tratamiento, ¿Cuál prefieres probar primero?”
  • Usa un lenguaje que les haga sentir confianza, no juicio.
👨‍👩‍👧 Como papás o cuidadores:
  • Escúchalos sin interrumpir, aunque no digan mucho.
  • Respeta sus silencios y emociones: el enojo o la apatía muchas veces son formas de procesar la vulnerabilidad.
  • Ofréceles información clara: “El doctor recomienda esto, ¿quieres que lo revisemos juntos?”
  • Hazlos parte activa de su cuidado: horarios de medicinas, acompañamiento en decisiones.
  • Refuerza siempre que su cuerpo y sus emociones merecen respeto.

🌟 La clave común en todas las etapas

Ya sea preescolar, escolar o adolescente, todos los niños necesitan lo mismo en esencia:

💙 verdad, empatía y respeto.

Con los más pequeños, la ternura es el camino.
Con los escolares, la claridad es la clave.
Con los adolescentes, el respeto es el puente.


La Cascada Emocional de los Padres

El momento en que un padre o madre se entera de que su hijo está enfermo desencadena una cascada emocional compleja que incluye múltiples sentimientos simultáneos y a menudo contradictorios. Primero surge el miedo: miedo a lo desconocido, miedo al dolor de su hijo, miedo a las posibles complicaciones, miedo a no saber cómo ayudar. Este miedo inicial puede ser tan intenso que paralice la capacidad de los padres para procesar información o tomar decisiones racionales.

Junto al miedo aparece la culpa, esa voz interna que susurra preguntas tortuosas: «¿Podría haberlo evitado?», «¿Noté los síntomas lo suficientemente pronto?», «¿Soy un buen padre/madre?». Esta culpa, aunque generalmente infundada, puede ser devastadora para la autoestima parental y afectar su capacidad de brindar el apoyo emocional que su hijo necesita.

La sensación de impotencia es otro componente central de la experiencia parental durante la enfermedad infantil. Los padres, acostumbrados a ser los protectores y solucionadores de problemas de sus hijos, se enfrentan súbitamente a una situación donde no pueden «arreglar» el problema con un abrazo, un «sana sana colita de rana» o una curita. Esta pérdida de control puede generar una ansiedad profunda que se manifiesta en hipervigilancia, dificultades para dormir, problemas de concentración y, en algunos casos, síntomas físicos como dolores de cabeza o problemas gastrointestinales.

El Impacto en la Dinámica Familiar

La enfermedad de un niño no afecta solo al paciente y a los padres; tiene un impacto sistémico en toda la familia. Los hermanos pueden sentirse desplazados, confundidos o incluso celosos de la atención que recibe el hermano enfermo. Los padres, centrados comprensiblemente en el hijo enfermo, pueden descuidar involuntariamente las necesidades emocionales de los otros hijos, creando un desequilibrio familiar que puede tener consecuencias duraderas.

La relación de pareja también se ve sometida a una presión extraordinaria. Diferentes estilos de afrontamiento, desacuerdos sobre decisiones médicas, agotamiento físico y emocional, y la falta de tiempo para la intimidad y la comunicación pueden crear tensiones significativas. Algunos estudios indican que las parejas que enfrentan la enfermedad crónica de un hijo tienen tasas más altas de separación y divorcio, aunque también es cierto que muchas parejas reportan que la experiencia las fortaleció y las unió más.


El Fenómeno de la Sobreprotección

Una respuesta natural y comprensible de los padres ante la enfermedad de su hijo es la sobreprotección. Este instinto protector, aunque bien intencionado, puede tener consecuencias no deseadas tanto para el niño como para la dinámica familiar.

La sobreprotección puede manifestarse de múltiples maneras: evitar que el niño participe en actividades normales para su edad, hacer todo por él para evitarle cualquier esfuerzo o molestia, o mantenerlo en una «burbuja» protectora que lo aísla de experiencias normales de la infancia. Aunque estos comportamientos nacen del amor y el deseo de proteger, pueden inadvertidamente transmitir al niño el mensaje de que es frágil, incapaz o diferente, afectando su autoestima y su desarrollo de independencia.

Los padres también pueden desarrollar una hipervigilancia hacia los síntomas, interpretando cada pequeña molestia o cambio como una señal de alarma. Esta ansiedad parental puede ser contagiosa, transmitiendo al niño la sensación de que su cuerpo es frágil, peligroso o impredecible, lo que puede aumentar su propia ansiedad sobre su salud.

Manejo de Situaciones Difíciles

Cuando los Niños se Niegan a Cooperar

Es completamente normal que los niños, especialmente aquellos que han tenido experiencias médicas previas negativas, se muestren resistentes o no cooperativos durante las consultas. Esta resistencia no es «mal comportamiento»; es una respuesta natural de autoprotección ante una situación que perciben como amenazante.

Cuando enfrentamos resistencia, nuestro primer instinto puede ser usar autoridad o presión para lograr la cooperación. Sin embargo, este enfoque generalmente es contraproducente y puede aumentar el miedo y la resistencia del niño. En su lugar, debemos tomarnos el tiempo para entender la fuente de la resistencia y abordarla empáticamente.

Validar los sentimientos del niño es el primer paso: «Veo que estás asustado. Es normal sentirse así cuando no sabemos qué esperar». Luego, podemos ofrecer información apropiada para la edad sobre lo que va a suceder, dar opciones cuando sea posible, y permitir que el niño tenga cierto control sobre la situación.

Comunicando Malas Noticias

Una de las tareas más difíciles en pediatría es comunicar diagnósticos serios o pronósticos inciertos. La forma en que manejamos estas conversaciones puede tener un impacto duradero en cómo la familia procesa y se adapta a la información.

La comunicación de malas noticias debe ser un proceso gradual, no un evento único. Debemos comenzar evaluando qué sabe ya la familia y qué quiere saber. Algunos padres pueden querer todos los detalles inmediatamente, mientras que otros pueden necesitar tiempo para procesar la información básica antes de estar listos para más detalles.

Es crucial proporcionar información honesta pero esperanzadora, enfocándose en lo que se puede hacer en lugar de solo en lo que no se puede hacer. «Sabemos que esto es muy difícil de escuchar, y queremos que sepan que vamos a trabajar juntos para asegurarnos de que su hijo reciba el mejor cuidado posible» puede proporcionar esperanza sin crear falsas expectativas.

Trabajando con Padres Ansiosos

Los padres ansiosos pueden transmitir inadvertidamente su ansiedad a sus hijos, creando un ciclo de estrés que puede complicar el cuidado médico. Sin embargo, es importante recordar que la ansiedad parental es una respuesta natural y comprensible ante la enfermedad de un hijo.

En lugar de minimizar o ignorar la ansiedad parental, debemos reconocerla y abordarla directamente. «Puedo ver que están muy preocupados por su niño. Es completamente comprensible sentirse así cuando nuestro hijo está enfermo» valida sus sentimientos y abre la puerta para una comunicación más efectiva.

Proporcionar información clara y completa puede ayudar a reducir la ansiedad parental. Los padres a menudo imaginan escenarios peores que la realidad cuando no tienen información suficiente. Explicar qué esperar, cuáles son los próximos pasos, y cómo pueden ayudar puede darles una sensación de control y propósito.

✨ Mi reflexión como pediatra y mamá

He aprendido que los tratamientos curan, pero las palabras también sanan.
Un niño que se siente escuchado y respetado enfrenta mejor la enfermedad.
Un adolescente que siente confianza coopera más en su recuperación.

Al final, la medicina cura el cuerpo, pero la empatía sana el corazón.

Si este artículo te ha resultado útil, compártelo con otros profesionales de la salud y padres de familia. Juntos podemos crear un sistema de salud más empático y efectivo para nuestros niños.

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La carga mental de ser mamá: entre la culpa, la corresponsabilidad y ese miedo de perderme en el camino.

Carga Mental en Madres Profesionales: Cómo Gestionarla

Ahora que recientemente ha pasado el día de la madre, y que festejamos a esos seres maravillosos que nos dieron la vida y nos mantienen en pie, hablemos de la Salud Mental Materna, reflexionemos las múltiples capas que componen la experiencia de ser madre. Ser madre es mucho más que criar: es gestionar, sostener, planear, contener y dentro de todo no olvidarse de nosotras mismas.

El día de hoy, quiero hablarte a ti: madre profesionista, mamá que también eres doctora, enfermera, maestra, psicóloga, abogada, emprendedora. Las que andamos corriendo todo el día para tratar de llegar a todo, estar a tiempo en la escuela, en el consultorio, llegar arreglada a la junta, a la clase de ballet, prepararnos para la guardia y avanzar en la lista de los pendientes que nunca terminan.

Ser mamá es una montaña rusa de emociones.  Los días se llenan de momentos llenos de ternura y que nos recuerdan lo felices que somos con ser mamás, pero el lado gris de ser madre es el cansancio, ese que no se quita ni al dormir y cuando tenemos vacaciones nunca nos son suficientes, porque siempre estamos pensando, si acabamos de lavar hay que doblar y guardar, o si terminamos de cocinar ahora hay q ver que sucedió en la sala mientras estábamos preparando la cena y después de esto lavar trastes.

Ser mamá, profesionista, esposa, hija, emprendedora… es como llevar muchos sombreros al mismo tiempo, intentando que ninguno se caiga y que todos combinen entre sí. Y aunque desde fuera demos la apariencia de que lo estamos logrando, adentro hay un torbellino constante: la carga mental.

La carga mental materna es esa lista enorme y silenciosa que tenemos muchas madres: pensar en el super, que hay para cocinar, preparar el uniforme, agendar vacunas, llevar a las actividades extraescolares, recordar citas médicas, organizar cumpleaños, atender berrinches y aún así dar lo mejor en el trabajo, sin dejar de ser esposas. Es la logística del hogar y de la crianza que, en la mayoría de los casos, recae en una sola persona: la madre.

Esta carga se intensifica en madres que, además, quieren ejercer su profesión con pasión y responsabilidad. Madres que aman su trabajo, pero sienten que siempre le deben algo a alguien: al hijo, al jefe, a la pareja, a sí mismas.

Lo que nadie ve y no lo decimos, pero sí sentimos.

La culpa y la carga mental: dos grandes enemigas invisibles de la crianza.

La carga mental no tiene horario ni vacaciones. Es ese trabajo y esfuerzo invisible que hacemos por recordar cada detalle del día a día, todas esas pequeñas cosas que parecieran insignificantes y que nadie ve. Y que cuando por fin estas descansando, de pilón te culpas porque tienes muchas cosas que hacer y todavía te preguntas, pero porque estoy tan cansada si hoy no hice nada.  Es pensar en todo y acompañar a nuestros hijos en sus miedos, sus necesidades, intentar validar sus emociones y abrazarlos, incluso cuando tal vez seamos nosotros las que mas necesitamos ese abrazo. Todo eso lo hacemos, mientras trabajamos, atendemos pendientes, emprendemos, soñamos.

Y eso es solo la superficie. Porque siempre está ahí la autoexigencia, la mugrosa culpa que se cuela en cada rincón, preguntándote: «¿Soy suficiente?» “¿Lo estaré haciendo bien?”, la culpa por perder la paciencia, por disfrutar mi trabajo, por querer entrar al baño con la puerta cerrada sin compañía, por seguir colechando, porque he engordado, porque no he salido a cenar con mi esposo hace meses, si hoy no me peine ni me maquille…  Esa que se culpa que siempre encuentra por donde colarse incluso cuando hacemos lo mejor que podemos:

  • Culpa por no estar siempre.
  • Culpa por trabajar y disfrutarlo.
  • Culpa por necesitar tiempo a solas.
  • Culpa por no ser la “mamá perfecta” que imaginamos.
  • Por no tener la casa de Pinterest.
  • Por no ser la familia de Instagram.

Pero aquí va una verdad necesaria: no podemos con todo, y eso está bien.

Tenemos que elegir que sombrero ponernos en cada momento y no querer cargar con todos al mismo tiempo, elegir nuestras batallas y realmente preocuparnos por lo que realmente importa.


Ser mamá y profesionista no debería ser una contradicción.

Trabajo porque me gusta, porque me mantiene activa, por mi crecimiento personal y profesional, porque necesito seguir estudiando y aprendiendo, porque me encanta lo que hago, porque también es parte de quien soy y de lo que era antes de ser mamá. Y ser mamá no queda en pausa mientras trabajo. Sigo siendo mamá cuando doy clase, cuando armo pedidos, cuando acompaño a mis pacientes… incluso cuando me siento al límite.

Por que ser mamá no entra en pausa cuando checo entrada al hospital. *No soy una mamá ausente por cumplir mis sueños*, ni tampoco soy una profesional mediocre por priorizar a mi hija, quitar mi consultorio y decir que no a ser la workaholic que algún día fui. Soy ambas, incluso cuando me parto en mil pedazos para no desaparecer en el intento. 

Algo que no quiero es perderme en la maternidad. Porque si me olvido de mí, ¿Cómo le enseño a mi hija a no olvidarse de sí misma? Porque estoy segura de que, si yo soy capaz de hacerlo, ella lo hará mil veces mejor, porque en su momento yo tuve el mejor ejemplo mi mamá, y ahora mis amigas y mis hermanas son un ejemplo de que se puede ser mama y profesionista al mismo tiempo.

Nuestros hijos no necesitan mamás perfectas. Necesitan mamás reales, humanas, que se cuidan, que se escuchan, que saben poner límites. Que también se ríen, descansan, sueñan, que piden perdón, que se equivocan y lo vuelven a intentar y se permiten no poder con todo y saben pedir ayuda.

A ti, mamá que trabaja y cría…

Tú que das el 100% en todo, aunque te sientas partida en pedacitos.

Tú que lloraste en el carro antes de llegar al trabajo y entraste con una sonrisa.

Tú que sueñas con un momento en silencio, pero piensas en tus hijos todo el tiempo.

Tú que estás cansada… pero sigues.

Te veo. Te entiendo. Estoy contigo.

Y quiero recordarte esto: decidiste ser mamá y también decidiste seguir siendo tú. No estás fallando, estás creciendo, estas evolucionado y en camino estas aprendiendo. Estás criando y construyendo tu vida al mismo tiempo. Y eso ya es muchísimo.

Conciliación: entre lo laboral y lo emocional

La conciliación entre maternidad y vida profesional sigue siendo un reto para muchas mujeres. Jornadas laborales que no son compatibles con la lactancia, con los horarios escolares, trabajos poco flexibles, ausencia de redes de apoyo y la presión de “ser buenas madres” generan un terreno fértil para el agotamiento emocional, divorcios, ansiedad, irritabilidad, insomnio o incluso depresión.

Es tiempo de hablar sin culpa de que necesitamos pausas, espacios propios, tiempos muertos y redes de apoyo reales. De que estar bien nosotras es parte esencial del bienestar de nuestros hijos.

¿Qué impacto tiene esto en la salud mental de las madres?

Cuando la culpa y la carga mental se cronifican, no solo generan agotamiento emocional y físico o Burn out, sino que también interfieren con el vínculo sano con nuestros hijos. Aparecen síntomas que requieren ayuda profesional, depresión, ansiedad, frustración y una constante sensación de “no estar haciendo lo suficiente”.

Y eso es peligroso, porque sabemos que una madre emocionalmente disponible es la suficientemente regulada para acompañar a su hijo con empatía y consistencia. Y para eso, necesitamos madres cuidadas, sostenidas, no sobrecargadas.

Como pediatra, y mamá me he dado cuenta por que ya he estado ahí:

  • Tu bienestar es tan importante como el de tu hijo.
  • Criar con culpa constante no mejora el apego, lo daña.
  • Estar presente no significa estar disponible las 24/7 sin descanso.
  • Delegar, pedir ayuda y poner límites no es egoísmo. Es salud mental preventiva.

Corresponsabilidad: no es ayuda, es justicia

Yo no sé en qué momento se consideró que la responsabilidad es de la mujer, y que nosotras podemos ser multitasking y tener 20 ventanas abiertas al mismo tiempo. La maternidad no fue diseñada para vivirse sola. Antes las mujeres vivían en tribus o comunidades donde se escuchaban y apoyaban entre ellas, ahora el ritmo de vida, la carga laboral y escolar, las distancias que nos separan de nuestras amigas, hacen que estemos siempre solas con nuestros hijos. Necesitamos hablar, y poder decirlo sin miedo, estamos cansadas y necesitamos ayuda, poder hablar de corresponsabilidad real. No se trata de que papá «ayude», sino de que comparta la carga física, emocional y mental de criar. De no tener que “pedir ayuda”, ni tener que dejar hechas listas de pendientes, o de poner recordatorios en las alexas. Se trata de que tú como papá te sepas que talla de zapatos son tus hijos, su historial clínico sin que estés llamando a mamá durante la consulta, acuérdate del nombre de sus profesores y de la mejor amiga de tu niña, ve una película con tu familia y deja el celular y el trabajo de lado.

Porque criar también es un trabajo, uno agotador, extremadamente bello, pero muy muy exigente… que no debería recaer solo en una persona.

Corresponsabilidad es:

  • Que ambos padres estén al tanto de lo que necesitan sus hijos.
  • Que papá también gestione emociones, tiempos, pendientes.
  • Que haya acuerdos, no favores.
  • Que seamos un equipo, no una jerarquía.
  • Que no se minimicen las labores domesticas y a la mujer que se queda en casa y no «trabaja».
  • Que se nos valore el doble esfuerzo que hacemos las que trabajamos.
  • Que no se nos juzgue por no estar al 100 en todo.

Porque cuando el peso se comparte, el amor fluye más liviano. Y la paciencia, ¡ahí sí alcanza para todos! 

Querido papá: esto es para ti.

Sé que amas a tus hijos. Que trabajas duro por ellos. Pero criar no es solo estar presente físicamente, económicamente y el preguntar en que ayudas. Criar también es pensar, planear, anticiparse, sostener emocionalmente a toda la familia.

Cuando tú te involucras de verdad, no solo aligeras la carga materna: te conviertes en figura de amor, de contención, de equilibrio.

Copaternar es criar juntos, no desde la ayuda, sin juzgar si decidimos trabajar y ser mamás, sin hacernos sentir culpables cuando decimos estoy cansada o cuando ese día pesado del trabajo decidimos soltar y pedir una pizza para cenar aun cuando sabemos que no es lo más saludable, cuando no nos fue posible lavar los trastes de la cena porque ya no podíamos mas. Es ver desde el amor que no pesa más de un lado que del otro.

Y no, no eres un mandilón por hacerlo. Eres un papá presente. Un compañero justo. Un hombre que educa con su ejemplo. Porque nos tocó otra generación, en la que, así como los gastos se comparten, las responsabilidades y las labores de casa también.

Y dentro de todo algo muy importante es no perdernos a nosotros 2 como la pareja de enamorados que algún día fuimos, esos que sentían mariposas en el estómago al verse, sé que nuestro amor ha madurado y que estamos en otra fase y que el enamoramiento quedo atrás hace muchos años, pero la realidad es que decidimos estar juntos y formar una familia, y algún día los hijos se irán y solo quedaremos tú y yo y lo que hallamos construido en el camino, y quien sabe algún día estaremos jubilados, viajando, descansando y muy emocionados esperando a que vengan a casa los nietos este fin de semana.


Mamá, no te olvides de ti, de quien eras y de quien quieres seguir siendo.

Así que hoy empiezo desde mí, porque yo me declaro culpable de haberme perdido en la maternidad y estoy en el proceso de volver a ser yo. Hoy haz un espacio para ti. Para reír, para respirar, para equivocarte y volver a empezar. ¡Recuerda lo que te gustaba hacer antes de ser mamá, leer, ir a la estética sin pensar en que tienes una pila de ropa por doblar, desvélate haciendo scrolling en tu celular o viendo esa serie que quieres maratonear desde hace meses, pero que no has podido por ver las series infantiles, llámales a tus amigas por teléfono y echa chisme sin interrupciones, planea un día de shopping tu sola y cómprate esos zapatos, tomate ese café y ve que sigues siendo tú!

Porque una mamá que mantiene su esencia y su personalidad lucha por sus metas y aplaude sus logros, es la mejor guía emocional y profesional que un hijo puede tener.

Y tú mereces todo eso que das: amor, respeto, cuidado y que seas tu misma la que no se olvide de consentirte a ti y que en la lista de prioridades y pendientes tu estas primero.

Hoy, te invito a: 

– *Respirar*. Aunque sea un minuto. 

– *Pedir ayuda*. Sin culpa. 

– *Celebrar* que estás criando y creciendo a la vez. 

Papá: Estás a tiempo de criar distinto. De compartir no solo los abrazos, sino también la carga, la mochila es más ligera si se comparte el peso. Porque la crianza no es una carrera en solitario, sino un camino que se hace más ligero cuando caminamos juntos y de la mano.

¿Qué podemos hacer para cuidar la salud mental materna?

  • Hablar de esto sin vergüenza.
  • Nombrar la carga mental y pedir corresponsabilidad.
  • Escuchar a la mamá cuando dice estoy cansada, necesito 5 min de silencio en mi espacio, si por que nosotras también necesitamos tener un rincón de la calma
  • Buscar redes de apoyo (reales o virtuales).
  • Delegar y soltar.
  • Validar nuestras emociones, sin juicios.
  • Poner límites sanos en el trabajo y en casa.
  • Buscar ayuda profesional si la tristeza, el cansancio o la ansiedad no se van.

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MATERNIDAD REAL O MATERNIDAD PERFECTA

✨ Ser mamá no es fácil, pero ¿sabes qué? lo estás haciendo increíble. ✨
A diario nos exigimos ser perfectas, cumplir con todo y siempre tener la respuesta correcta. Pero lo único que tus hijos necesitan es a ti, tal y como eres 💕

🌟 La carga mental de buscar la perfección puede ser agotadora. Planear, organizar, preocuparte por cada detalle y buscar siempre «hacerlo mejor» puede hacerte sentir abrumada. Trabajo, casa, maternidad, relación de pareja, aspecto físico. Es momento de liberar esa presión y recordar que, incluso con tus errores, eres una madre maravillosa. Tus hijos no buscan perfección, buscan conexión. 💖

🌸 Una mamá real es suficiente. Con sus risas, aprendizajes y hasta con sus momentos de duda. Ser auténtica y conectarte con tus hijos es el mayor regalo que puedes darles.

📌 Recuerda: Tu imperfección te hace única y especial. Hoy, date permiso de amarte tal y como eres. ❤️

💬 ¿Qué piensas sobre la presión de ser la mamá «perfecta»? ¡Cuéntame en los comentarios! 👇

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Carta a mi mamá

Mami, el día de hoy quiero honrarte en vida, y darte las gracias de la manera más publica que puedo. Si por mi fuera te haría un homenaje Señora Maricela en algún auditorio y seguramente se llenaría de todos los vecinos, alumnos, amigos, sobrinos y todas esas personas en las que has dejado una huella.  

Quiero escribirte para expresar todo lo que mi corazón siente por ti y agradecerte profundamente por ser la mujer tan admirable que eres.

¡¡¡Seguramente esta carta estará llena de la misma palabra GRACIAS!!!  Gracias por estar siempre ahí, por cuidarme, por levantarme cada vez que me caí, curarme mis heridas, por acompañarme en cada paso, en cada risa, por celebrar mis logros, ¡Y seguirme impulsando siempre a ser más! Se que muchas veces fuiste la mama exigente, a la que un numero de evaluación no le era suficiente, pero también sé que conocías nuestras capacidades y habilidades y por eso nos pedias más porque sabias que éramos capaces de lograrlo. Por esas noches de desvelo estudiando las ramas de los nervios faciales conmigo, por las tareas y artículos que me ayudaste a traducir, por recogerme cuando estaba de postguardia y no podía mas con mi cuerpo, Por ir a llevarme comida al pueblo de mi servicio social, llevarme ropa limpia al otro lado del mundo, mientras era invierno en México y verano en Chile, por acompañarme en mis viajes y locuras, hoy soy la doctora Skarlett gracias a ese ser detrás de mí.


Sé que llevaste una carga mental enorme, pero jamás dejaste que lo notáramos.  Hoy que también soy madre, comprendo lo difícil que fue para ti, ser una madre trabajadora, criar a 3 niñas y llevar una casa a flote con las limitaciones de tiempo y dinero, nunca nos hizo falta nada, pero sobre todo nunca nos faltó tu presencia y tu cariño. Gracias por ser un ejemplo de resiliencia y valentía. Superaste el divorcio en una época donde eso era un tabú, y lo hiciste con una fuerza que aún me deja asombrada. Nunca te rendiste, nunca permitiste que las dificultades y los prejuicios definieran tu camino. Te mantuviste firme, luchando siempre por salir adelante, por brindarnos un futuro mejor.

Tu amor trasciende generaciones, mamá. Lo veo en la manera en que amas profundamente a tus nietos, en cómo te entregas a ellos con ese mismo cariño, ternura y alegría que nos diste a nosotras, convirtiéndote en su abuelita amorosa, guía y claro como una buena abuela consentidora y cómplice. Ellos no tienen limites en tu extenso menú, siempre les preparas lo que ellos pidan, los acompañas a jugar, les sigues cantando y jajaja que tal los chifliditos de cariñito tan característicos tuyos.


Y bueno… tu profesión, tu vocación, y tu mejor habilidad ser maestra, si hablo de ser maestra de preescolar son mas de 40 años, pero si le sumamos los años que fuiste profesora de ingles en la secundaria femenil, entonces eres maestra desde los 17 años y ahí si no queremos sacarle cuentas jajaja para no delatar tu edad. El cariño que brindas día a día a tus niños, tu paciencia infinita y la pasión con la que enseñas son simplemente admirables, la forma en que te has convertido también en su abuelita e incluso en una mamá postiza de los papas de tus alumnitos, siempre tienes una palabra amable, empatía y cariñitos para ellos, que importa lo cansada que te sientas ya, ¡¡¡y hablemos de los esfuerzos que has hecho!!!  comprar un terreno, construir, hacer todas las modificaciones para estar siempre en regla y a pesar de las dificultades económicas y la pandemia lograr que la escuela siga aun a flote. Has transformado tantas vidas con tu sabiduría y amor, y eso es un legado del que estoy y siempre estaré increíblemente orgullosa.

Y qué decir de tus ganas incansables de aprender y crecer. Aunque la vida no siempre fue fácil, tú jamás te detuviste. Estudiaste y te preparaste para hacer traducciones profesionales, estudiabas las manualidades que estaban de moda para tener un ingreso extra y siempre poder vender algo más y seguiste estudiando, formándote, para tener una licenciatura en educación preescolar cuando ya eras una señora demostrando que los sueños no tienen fecha de caducidad y que siempre hay algo nuevo por conquistar.


Mamá, eres nuestra más grande enseñanza de vida. Nos has mostrado con tu ejemplo que el amor, el esfuerzo y la perseverancia son los pilares para construir una vida plena y llena de sentido.

Tus abrazos, tus sonrisas, tus canciones, tu deliciosa comida, tus consejos y tu amor son un tesoro que llevo conmigo cada día. Gracias por ser no solo la mejor madre, sino también la mejor abuelita, la maestra amorosa y en ese metro y medio de estatura cabe ese un corazón enorme y el más increíble y grande ser humano.

Por todo tu amor por tu familia y dedicación a tu profesión hoy quiero decirte: gracias, gracias, gracias.

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Aprender a Ser Mamá y Pediatra: Un Viaje de Amor y Aprendizaje Diario

Como pediatra, hablaba de lactancia, alimentación complementaria, rabietas, cólicos, fiebre, crianza respetuosa y disciplina positiva como si fuera fácil… hasta que la práctica me puso en mi lugar.

Ser mamá es como lanzarte a una montaña rusa ciega. Crees que sabes algo… y luego ¡zas!, no tienes idea. Yo comparo la maternidad con los primeros 2 años de la residencia, en el R1 estas super emocionado por empezar pero te das cuenta que aun no sabes nada y que te queda muchísimo por aprender y cuando ya por fin aprendiste algo, todo cambia y sale una nueva guía o un nuevo protocolo actualizado, el R2 fue mi año de mayor cansancio, desgaste emocional y físico pero es cuando realmente me convertí en pediatra. Así es la maternidad cada día trae una lección nueva, y muchas veces, lo único que puedes hacer es respirar (profundo), dar gracias y seguir avanzando.

Nadie te prepara realmente para ser mamá, ¿verdad? Puedes leer todos los libros, ir a todas las clases, congresos, escuchar podcast y recordar todos los consejos que te dieron en el Baby shower, pero cuando llega ese pequeño ser, todo se vuelve un aprendizaje constante. Cada etapa, cada reto, y cada mini triunfo cambian todo.

El embarazo cambió todo: cuerpo, emociones y hasta la relación de pareja. Pero luego llega el puerperio y… ¡boom! Que cosa tan mas complicada, es que es increíble como pasas de la risa al llanto, Las hormonas están de fiesta, el cansancio es brutal y los bajones emocionales te sorprenden sin aviso. Y tu cuerpo, que es eso? hay salida de líquidos, sangrado, leche, todo te duele, no puedes ni estornudar y no te reconoces a ti misma en el espejo, y que paso con el pelazo y el cutis increíble que tenias en el embarazo a donde se fue?.. Hay días en los que lloras porque el bebé llora, porque no sabes si lo estás haciendo bien… o simplemente porque sí.

La lactancia parecía tan natural, ¿no? Hasta que descubres que no siempre es fácil. El agarre, las grietas, los cólicos… ¡y tú ahí, tratando de no rendirte! Porque sabes que como pediatra lo mejor es la lactancia materna, pero ¿y si tiene alergia a las proteínas de la leche? Lo estaré llenando si comí algo que le cayó mal, y cuánto tiempo le voy a dar pecho, si cumplo 1 mes es mi primer nivel, cumplo 6 que es lo mínimo necesario, bueno, ya estás aquí, sigue hasta el año. Demonios, llegó la pandemia y el confinamiento, tienes miedo y solo están ustedes 3 encerrados en casa. Vamos, dale un poco más de leche que a través de ella le pasas anticuerpos y la proteges contra el COVID. Bueno, no quieres que sea alérgica como tú, y vamos, que el neurodesarrollo es mejor en niños con lactancia materna. Hasta que, cuando menos piensas, han pasado casi 4 años y ella sigue pegada a ti. ¿Y ahora qué? Y el destete respetuoso, los brotes de crecimiento, la agitación por amamantamiento, que difícil. Fue tan difícil terminar la lactancia como fue iniciarla, pero aquí estamos ahora presumiendo que tuve lactancia materna prolongada y que, a pesar de que sí tiene rinitis alérgica y dermatitis como yo, solo se ha enfermado una sola vez de otitis, pero con crisis convulsivas febriles, ¿por qué no?

Como si no fuera suficiente, vienen las opiniones: “¿Por qué duerme contigo?”, “¿Por que no le dices algo, regáñala, dale una nalgada?”, “Déjala llorar, se va a malcriar”. Y tú solo piensas: ¿Podrían guardarse su manual no solicitado y darme un abrazo en su lugar?

Ser pediatra me ha enseñado a cuidar la salud de muchos niños, pero ser mamá… ¡eso es otro nivel! He aprendido que no necesitas tener todas las respuestas para ser la mamá que tu hijo necesita. Cada día, mi hija me enseña algo nuevo, y aunque a veces me equivoque (y créeme, lo hago), esos errores se han convertido en lecciones para crecer junto a ella.

Los días están llenos de amor, pero también de incertidumbre. Hay momentos en los que el cansancio parece ganarle al entusiasmo. Mi cuerpo ha cambiado, mis hormonas están locas, y hay días en los que solo quiero una pausa. Pero miro a mi hija, y todo cobra sentido.

Para mi esposo, también fue un aprendizaje. Pasó de ser mi novio ese que era todo metódico y preparado el que siempre tenia la respuesta y solución a todo, cuando de repente se convirtió en un papá completamente entregado, leyendo, cambiando pañales, arrullando en la madrugada y hasta porteando, día a día fue ajustando su rutina, lidiando con sus propias emociones, y entendiendo las mías. Juntos, entre noches sin dormir, sorpresas, travesuras, besitos y berrinches, estamos aprendiendo. No somos perfectos, pero, ¿Quién lo es? Aprendemos, tropezamos, nos levantamos y seguimos. Porque el amor verdadero se construye en los pequeños momentos, en aceptar los cambios, y en no rendirse.

Ser mamá también cambió mi visión como pediatra. Un día una doctora me dijo serás mejor pediatra ahora que eres mamá y se que no se refería al conocimiento que tenia previamente, si no a la empatía que desarrollas con los papás. Ahora entiendo mucho mejor esas emociones, preocupaciones y dudas que traen los papás al consultorio. Antes hablaba de la disciplina positiva desde la teoría; ahora sé que en la práctica nada nada es tan simple. Hay días en los que todo se desborda, y no siempre tengo la respuesta ideal, ni actuó como lo leí en los libros y veo que ese consejo que alguna vez di, lo di sin verlo desde la otra perspectiva y que era imposible de aplicar a ese pequeño niño que vi en consulta.

Criar es un reto constante. Gestionar nuestras propias emociones mientras ayudamos a nuestros hijos a validar y manejar las suyas, no es fácil. Pero sé que acompañar a mi hija en sus altibajos emocionales nos hace crecer juntas y que enseñarle a reconocer lo que siente y a valorarse es el mejor regalo que le puedo dar. Validar sus emociones y enseñarle que está bien sentirse triste, enojada o frustrada, y acompañarla en esos momentos, nos hace más fuertes a ambas.

Y sí, la culpa a veces pesa. Es imposible ser la mejor doctora esa que siempre traía el articulo mas reciente subrayado, que tenia 2 consultorios y daba clases en la universidad, la mujer que tenia su casa en orden, que viajo por medio mundo y que sabia de cine, música y algo mas, se que no soy una mamá presente al 100% , pero trato de estar y dar tiempo de calidad, que ya no soy la pediatra que alguna vez fui dedicada al mil a su carrera pero no cambiaria nada por estar aquí con ella.

Así que, si hoy sientes que no tienes todas las respuestas, está bien. Nadie las tiene. Lo importante es escuchar, aprender, y seguir creciendo junto a ellos. Porque en el fondo, la crianza es eso: aprender juntos. Y eso es lo que la hace tan real, tan desafiante y tan hermosa.

Moraleja: no necesitas ser perfecto para ser un buen papá o mamá. Escucha, aprende, pide ayuda cuando la necesites y ríete de lo absurdo. Date chance, no te juzgues por ser 2 tallas más, o por pedir pizza para cenar el viernes o darle la tablet mientras preparas una clase. Porque sí, criar es duro, pero también es increíblemente hermoso.