Un acto de autocuidado, no una señal de fragilidad: desmontando el estigma

Durante años, la conversación sobre la salud mental ha estado atrapada en un estigma injusto. Como pediatra, lo he escuchado en la consulta y, como paciente, lo he sentido en carne propia. Frases como “¿para qué vas con el psicólogo si tú estás bien?”, “yo no estoy loco”, “solo los débiles van al psicólogo”, “no necesito terapia, puedo solo” o “si tomas medicamentos te vas a hacer adicto” pueden convertirse en barreras para pedir ayuda. Pero atender nuestra salud mental también puede ser un acto de autocuidado, madurez y amor propio.
La salud mental forma parte inseparable de nuestra salud. La atención psicológica y, cuando está indicada, la atención psiquiátrica no están reservadas únicamente para situaciones extremas. También pueden ofrecer herramientas para comprender lo que vivimos, mejorar nuestras relaciones, establecer límites y aprender a manejar emociones difíciles. Ansiedad, tristeza, culpa o enojo no son defectos personales; son experiencias humanas que, cuando nos sobrepasan o interfieren con nuestra vida, merecen ser escuchadas y atendidas.
Mi propio camino: de la adolescencia silenciosa a la sobrecarga de la maternidad

Mi primer contacto con la terapia no fue dramático, sino silencioso. Yo era de esas niñas que pasaban desapercibidas, que no daban conflictos y que solían tener buenas calificaciones, pero que por dentro cargaban un peso enorme. En la secundaria, mi mamá notó que algo estaba pasando. No había un diagnóstico formal, pero sí una dificultad real para adaptarme a la adolescencia y, sobre todo, para transitar el divorcio de mis padres. Aquella psicóloga amiga de la familia fue mi primer salvavidas. Recibí terapia individual y grupal, y empecé a aprender que pedir ayuda también era una forma de avanzar.
La vida me llevó a la universidad y, después, a la residencia médica. Fue ahí donde la sobrecarga, la competencia, los turnos interminables y la exposición constante a la enfermedad y la muerte hicieron que mis síntomas volvieran con una fuerza abrumadora. Fue también mi primera experiencia con medicación. Aunque en ese momento fue un paso necesario dentro de mi atención, me hizo sentir frágil y con miedo a ser señalada. Ese proceso me enseñó que la salud mental merece la misma seriedad y formalidad que cualquier otra dimensión de la salud.
Con el tiempo he dejado y retomado la terapia en distintos momentos, a veces porque me sentía mejor y otras porque la rutina del trabajo y la vida cotidiana ocupaban todo el espacio. Hoy entiendo que no existe una única manera correcta de vivir un proceso terapéutico. Para algunas personas puede ser un apoyo durante una etapa concreta; para otras, un proceso que se retoma en diferentes momentos de la vida.
La pandemia, con el miedo a la muerte y la enorme sobrecarga laboral, volvió a recordarme que incluso quienes cuidamos a otros también necesitamos apoyo.
Hoy, como pediatra y madre, lo miro desde dos lugares muy cercanos:
- Como profesional de la salud: el trabajo sanitario puede exponernos a sufrimiento, presión, jornadas intensas y decisiones difíciles. Contar con redes de apoyo y buscar atención profesional cuando la necesitamos puede ayudarnos a cuidar nuestra propia salud mental.
- Como madre: en mi caso, la terapia me ha ayudado a mirar con mayor claridad la carga mental, la culpa y la exigencia de querer hacerlo todo bien. También me ha permitido acompañar a mi hija desde un lugar más consciente y empático.
La terapia en la infancia: una brújula para la crianza

Desde mi consultorio veo con frecuencia que el malestar emocional y los síntomas físicos pueden aparecer al mismo tiempo. A veces, un niño todavía no tiene las palabras para explicar lo que siente. Dolores de cabeza, molestias gastrointestinales, insomnio o irritabilidad pueden presentarse en muchos contextos y tener múltiples causas. Cuando son persistentes, intensos o interfieren con la vida cotidiana, merecen valoración pediátrica; no debemos atribuirlos automáticamente a una causa emocional.
Cuando además existen señales de sufrimiento emocional, cambios importantes en la conducta, dificultades de funcionamiento o preocupaciones que se mantienen en el tiempo, una valoración por un profesional de salud mental puede ayudar a comprender mejor lo que ocurre y a decidir qué apoyos son necesarios.
Por eso vale la pena revisar algunos mitos que pueden retrasar la búsqueda de ayuda:
| Etapa | Mito frecuente | Una mirada más cuidadosa |
| Infancia | “Es muy pequeño, se le pasará solo.” | Algunos malestares son transitorios, pero los cambios persistentes, intensos o que afectan el sueño, la escuela, las relaciones o la vida cotidiana merecen atención y valoración. |
| Infancia | “No quiero que lo etiqueten.” | Cuando está indicado y se realiza adecuadamente, un diagnóstico puede ayudar a comprender necesidades y orientar apoyos. No define por completo a una niña o un niño. |
| Adolescencia | “No quiere hablar; el tiempo lo arreglará.” | Dar espacio puede ser útil en algunas situaciones, pero si el sufrimiento persiste, aumenta o interfiere con la vida diaria, conviene buscar una valoración profesional. |
| Adolescencia | “Debería confiar en mí, no en un extraño.” | Un espacio terapéutico no sustituye el vínculo familiar. Puede ofrecer al adolescente un lugar adicional, confidencial y profesional para hablar de lo que le preocupa. |
| Adultez | “Ya estoy grande para cambiar.” | Las personas pueden aprender nuevas formas de comprenderse, relacionarse y afrontar dificultades a lo largo de la vida. |
| Adultez | “Solo necesito fuerza de voluntad.” | La voluntad puede ser importante, pero no siempre basta cuando hay síntomas persistentes, trauma, agotamiento o problemas que afectan el funcionamiento. Pedir ayuda también puede formar parte del cuidado. |

Encontrar un profesional con quien construir confianza
Mi paso por diferentes terapeutas me dejó una enseñanza que comparto con frecuencia: no todos los terapeutas son adecuados para todas las personas, y eso está bien.
Cada profesional tiene una formación, un enfoque y una manera de trabajar. La alianza terapéutica —esa sensación de confianza, seguridad y colaboración— es importante, al igual que la experiencia del profesional en el problema que se quiere atender. Si no logras sentirte cómodo o seguro con una primera opción, puede ser razonable hablarlo y, si es necesario, buscar a otro profesional. Encontrar un espacio adecuado también forma parte del proceso.

Romper ciclos: mirar nuestra historia para acompañar distinto
La terapia no es una varita mágica. No borra el pasado, pero puede ayudarnos a comprenderlo, darle palabras a experiencias difíciles y reconocer patrones que todavía influyen en nuestra vida.
Cuando, como madres o padres, cuidamos nuestra propia salud mental y trabajamos aquello que nos duele, podemos responder con mayor conciencia a nuestros hijos, reparar cuando nos equivocamos y construir relaciones más seguras. Eso no significa que nuestros hijos “sanen” automáticamente ni garantiza que no tendrán dificultades; tampoco sustituye la atención que ellos puedan necesitar.
Para mí, ir a terapia no ha significado rendirme. Ha significado mirar mi historia con más compasión, reconocer lo que necesito y tratar de transformar la manera en que vivo mi presente y acompaño a quienes amo.

Si estás pensando en pedir ayuda
Si algo de esta historia resuena contigo y sientes que necesitas apoyo, considerar una conversación con un profesional de salud mental puede ser un buen primer paso. No tienes que esperar a estar al límite para pedir ayuda.
Sigamos en este camino de crianza y autocuidado
Gracias por acompañarme en este viaje personal. Comparto parte de mi experiencia con la terapia con la esperanza de que también podamos hablar de salud mental con menos vergüenza, menos juicio y más humanidad.
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Este artículo combina experiencia personal y contenido educativo. No sustituye una valoración psicológica, psiquiátrica o médica individual.


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