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Maternidad real: cuando dejar de buscar la perfección también es cuidar

Ser mamá puede ser profundamente hermoso.

Y también puede ser cansado, confuso, contradictorio y, algunas veces, mucho más difícil de lo que imaginábamos.

Hay días en los que sentimos que lo estamos haciendo bien. Días de abrazos, conversaciones bonitas, juegos, paciencia y esa sensación de estar exactamente donde queremos estar.

Y hay otros en los que perdemos la paciencia, levantamos la voz, llegamos tarde, olvidamos algo importante, servimos una cena improvisada o terminamos el día preguntándonos:

¿Lo estaré haciendo bien?

Muchas madres conocemos esa pregunta demasiado bien.

Porque junto con el amor por nuestros hijos puede aparecer otra presencia silenciosa: la exigencia de hacerlo todo correctamente.

Ser pacientes. Estar presentes. Trabajar. Mantener la casa funcionando. Recordar citas, festivales, tareas, uniformes y vacunas. Cuidar la alimentación. Regular nuestras emociones. Estimular lo suficiente, pero no demasiado. Poner límites, pero sin ser autoritarias. Cuidarnos a nosotras mismas. Mantener la pareja. Tener vida propia.

Y además disfrutar cada momento porque, según nos recuerdan constantemente, “crecen demasiado rápido”.

Es una lista imposible.

Y aun así, muchas veces intentamos cumplirla.

La maternidad perfecta no existe

Las redes sociales, los libros, otras familias e incluso nuestras propias expectativas pueden hacernos sentir que siempre existe una forma mejor de maternar.

Una casa más organizada. Una comida más nutritiva. Una mamá más paciente. Una crianza más consciente. Más actividades. Más estimulación. Menos pantallas. Más tiempo de calidad. Más presencia. Más calma.

Siempre parece haber algo que podríamos estar haciendo mejor.

Pero nuestros hijos no necesitan una madre que nunca se equivoque.

Necesitan adultos que puedan estar presentes, poner límites, escuchar, proteger y también reconocer cuando se equivocan.

Porque formar un vínculo seguro no significa vivir una relación sin conflictos.

Significa saber que después del conflicto también podemos regresar.

Equivocarnos no cancela el vínculo

A veces perdemos la paciencia. A veces respondemos desde el cansancio. A veces decimos algo que después hubiéramos querido decir de otra manera.

Reconocerlo no significa justificar una conducta que pudo lastimar. Significa asumir nuestra responsabilidad.

Podemos regresar y decir:

“Hace rato te hablé de una manera que no estuvo bien. Estaba cansada y enojada, pero eso no justifica que te gritara. Lo siento. Vamos a intentarlo otra vez.”

Nuestros hijos también aprenden observando cómo manejamos nuestros errores.

Aprenden que pedir perdón no nos hace débiles. Que una relación puede atravesar un conflicto sin destruirse. Que amar a alguien no significa hacerlo todo perfectamente. Y que reparar también forma parte del vínculo.

Validar nuestras limitaciones no significa conformarnos

Aceptar que no somos madres perfectas no significa dejar de aprender o justificar cualquier conducta con un “así soy”.

Podemos querer cambiar algunas cosas. Podemos buscar terapia. Leer. Pedir orientación. Aprender nuevas formas de poner límites. Trabajar nuestra regulación emocional. Reconocer patrones de nuestra propia historia que no queremos repetir.

Pero hay una diferencia importante entre crecer desde la conciencia y vivir permanentemente sintiendo que nunca somos suficientes.

Una cosa es preguntarnos: “¿Qué puedo hacer diferente la próxima vez?”

Y otra muy distinta: “¿Por qué nunca puedo hacerlo bien?”

La primera pregunta abre posibilidades. La segunda suele alimentar culpa.

La culpa materna puede convertirse en una compañera demasiado frecuente

La culpa aparece por muchas razones: por trabajar, por no trabajar, por necesitar descansar, por querer salir sin nuestros hijos, por perder la paciencia, por usar pantallas más tiempo del que habíamos planeado, por comprar comida preparada o por sentir que no jugamos suficiente.

Incluso podemos sentir culpa por estar cansadas de una maternidad que, al mismo tiempo, amamos profundamente.

Pero dos emociones pueden coexistir.

Puedes amar profundamente a tus hijos y necesitar un descanso.

Puedes agradecer tu maternidad y extrañar partes de tu vida anterior. Puedes disfrutar una etapa y desear que algunas cosas sean más fáciles. Puedes sentir ternura y agotamiento el mismo día.

Una emoción no invalida la otra.

Perfeccionismo y carga mental no son exactamente lo mismo

A veces, además de intentar hacerlo todo bien, somos quienes recuerdan todo.

La cita del pediatra. El uniforme. El regalo del cumpleaños. La fecha de inscripción. El mensaje de la escuela. Qué alimento falta. Quién necesita zapatos nuevos. Cuándo toca pagar algo. Qué actividad tiene cada hijo.

Ese trabajo invisible de anticipar, organizar, recordar y supervisar forma parte de la carga mental.

Y cuando se combina con la idea de que además debemos hacerlo todo perfectamente, la sensación de no llegar nunca puede hacerse todavía más intensa.

Por eso hablar de maternidad real también significa reconocer que no todo puede resolverse simplemente siendo “más organizada”. A veces necesitamos menos exigencias. A veces necesitamos corresponsabilidad. A veces necesitamos ayuda. Y a veces necesitamos aceptar que algunas cosas pueden quedarse para mañana.

Si quieres profundizar en esa parte, puedes leer La carga mental de ser mamá: entre la culpa, la corresponsabilidad y el miedo de perderme en el camino.

Tus hijos tampoco necesitan una versión sacrificada de ti

Durante mucho tiempo se ha presentado la buena maternidad como una forma de renuncia permanente.

Primero los hijos. Después los hijos. Y si queda algo de tiempo, quizá tú.

Pero ser mamá no debería significar desaparecer como persona.

Sigues necesitando descanso, amistades, conversaciones adultas, trabajo si forma parte de lo que quieres, proyectos, silencio, espacios propios, dormir, leer, salir o no hacer nada.

Y quizá no siempre sea posible tener todo eso en la cantidad que necesitamos. Hay etapas particularmente demandantes.

Pero reconocer nuestras necesidades importa. No porque tengamos que convertir el autocuidado en otra obligación de la lista, sino porque también somos personas dentro de nuestra propia familia.

A veces cuidarnos empieza por bajar una expectativa

No necesitas una rutina perfecta de autocuidado. Ni levantarte una hora antes. Ni meditar todos los días. Ni tener una casa perfectamente organizada para sentir que estás recuperando espacio para ti.

A veces puede ser algo mucho más pequeño: tomarte el café todavía caliente, dormir en lugar de terminar una tarea que puede esperar, decir que no a un compromiso, pedir ayuda, salir a caminar, llamar a una amiga, leer unas páginas o simplemente aceptar que hoy no vas a llegar a todo.

Tal vez hoy tampoco puedas decir: “Me amo completamente tal como soy.”

Y está bien.

Quizá podamos empezar por algo menos exigente: dejar de pedirnos pruebas constantes de que somos buenas madres.

Una maternidad real también incluye reparar

No quiero enseñar a mi hija que amar significa hacerlo todo bien.

Quiero que aprenda que amar también significa reconocer errores, pedir perdón, escuchar, volver a intentarlo, cambiar, poner límites y respetar nuestras propias necesidades y las de los demás.

Y seguir creciendo juntas.

Porque una maternidad real no está hecha solamente de fotografías bonitas, vacaciones, abrazos y momentos memorables.

También está hecha de mañanas con prisa, habitaciones desordenadas, cansancio, discusiones, comida improvisada, planes que no salen, lágrimas, dudas y reconciliaciones.

Todo eso también forma parte de una familia.

Tal vez “hacerlo bien” se parezca menos a hacerlo perfecto

Quizá una buena maternidad no se mide por cuántas veces perdimos la paciencia.

Sino también por cuántas veces estuvimos dispuestas a regresar. Por cuánto aprendimos. Por cuánto escuchamos. Por nuestra capacidad para poner límites sin dejar de cuidar el vínculo. Por reconocer cuándo necesitamos ayuda. Por aceptar que nuestros hijos también son personas diferentes a nosotras.

Y por permitirnos crecer junto con ellos.

No necesitamos ser madres perfectas.

Necesitamos construir relaciones en las que haya suficiente seguridad para equivocarnos, reconocerlo, reparar y volver a conectar.

Nuestros hijos no necesitan una madre perfecta. Necesitan saber que el amor puede sobrevivir a los errores y que siempre podemos aprender una manera diferente de volver a encontrarnos.

Y quizá ésa sea una de las partes más humanas de maternar: aprender mientras ellos también están aprendiendo.

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