Nota de actualización
Texto original publicado: 1 de enero de 2025 · Revisión y actualización: 9 de agosto de 2026.
Esta versión conserva la intención y la experiencia clínica del texto original, pero actualiza su estructura, lenguaje y algunos conceptos a la luz de evidencia y recomendaciones vigentes. Cuando corresponde, se distingue de forma explícita entre evidencia científica, experiencia clínica y reflexión personal.
Cuando pensamos en el pediatra solemos imaginar al profesional que pesa, mide, vacuna, revisa una garganta, acompaña una fiebre o vigila el crecimiento. Y sí: todo eso forma parte esencial de nuestro trabajo.
Pero quienes acompañamos a una familia durante años también vemos algo más.
Vemos al bebé convertirse en niño y después en adolescente. Conocemos sus enfermedades, pero también sus miedos, sus cambios, sus maneras de relacionarse, lo que ocurre en la escuela, algunas de las preocupaciones de sus padres y, muchas veces, los momentos en que algo empieza a sentirse diferente.
Con el tiempo podemos convertirnos un poco en esos “tíos postizos” que conocen la historia familiar y celebran cada logro. Esa continuidad no nos convierte automáticamente en terapeutas ni sustituye a los profesionales de salud mental, pero sí nos coloca en una posición importante para promover bienestar emocional, preguntar, escuchar, identificar señales de riesgo y ayudar a conectar a la familia con el apoyo adecuado.
La salud mental también es salud pediátrica
La salud de un niño no puede dividirse con facilidad entre “cuerpo” y “mente”. El desarrollo emocional, las relaciones, el sueño, la alimentación, el aprendizaje, el entorno familiar, la escuela, las experiencias adversas y la salud física se influyen mutuamente.
La Academia Americana de Pediatría considera la atención de la salud mental una parte integral de la práctica pediátrica y señala que los pediatras pueden participar en promoción, prevención, valoración psicosocial, manejo dentro de sus competencias, trabajo en equipo y coordinación con especialistas.
En adolescentes, la Organización Mundial de la Salud estima actualmente que aproximadamente uno de cada siete jóvenes de 10 a 19 años vive con un trastorno mental. Ansiedad, depresión y trastornos del comportamiento se encuentran entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esta etapa.
Además, la guía conjunta OMS–UNICEF sobre servicios de salud mental para niños y jóvenes recuerda que muchas condiciones comienzan temprano: alrededor de un tercio emerge antes de los 14 años y aproximadamente la mitad antes de los 18. Eso no significa que todo malestar sea un trastorno. Significa que la infancia y la adolescencia son etapas en las que preguntar a tiempo puede importar mucho.
Promover, preguntar, observar y detectar
No debemos esperar a que un niño llegue diciendo “tengo ansiedad” o “estoy deprimido”. A veces el primer cambio aparece en el sueño, la alimentación, el rendimiento escolar, la irritabilidad, el aislamiento, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba o una preocupación que la familia todavía no había podido nombrar.
También puede haber síntomas físicos recurrentes que convivan con estrés o sufrimiento emocional. Pero esto requiere cuidado: un síntoma físico no debe atribuirse automáticamente a emociones sólo porque los estudios iniciales sean normales. El pediatra debe valorar el contexto clínico, descartar causas médicas cuando corresponda y, al mismo tiempo, mantener abierta la posibilidad de que cuerpo y experiencia emocional estén interactuando.
La consulta preventiva ofrece oportunidades para preguntar por estado de ánimo, relaciones, sueño, funcionamiento escolar, consumo de sustancias, seguridad y otros aspectos psicosociales de acuerdo con la edad y el contexto.
Tamizaje no es diagnóstico
Una herramienta de tamizaje puede ayudarnos a identificar quién necesita una evaluación más profunda. No debe utilizarse como una etiqueta automática.
Un resultado positivo requiere integrar entrevista clínica, historia del niño o adolescente, información familiar, funcionamiento cotidiano, contexto social, factores protectores y evaluación de seguridad. Incluso un resultado negativo no sustituye el juicio clínico cuando algo en la historia sigue preocupándonos.
Detectar no es diagnosticar. Preguntar abre una puerta; la valoración clínica nos ayuda a comprender qué hay detrás.
Escuchar al niño, no solamente hablar sobre él
Una consulta pediátrica puede convertirse fácilmente en una conversación entre adultos mientras el niño permanece sentado escuchando cómo hablan de él.
Sin dejar de escuchar a madres, padres y cuidadores, también necesitamos dirigirnos al niño con un lenguaje que pueda comprender y darle tiempo para responder.
Preguntar qué le preocupa, qué le gusta, cómo se siente en la escuela o qué cree que está ocurriendo no es un gesto decorativo. Es reconocer que el niño también es participante de su atención.
A veces la pregunta que cambia una consulta aparece cuando dejamos de hablar sobre el niño o el adolescente y empezamos a hablar con él.
Escuchar activamente implica atender palabras, silencios, gestos y cambios en la interacción, sin convertir una conducta aislada en diagnóstico. También significa evitar que el consultorio se convierta en otro espacio en el que el niño se siente regañado, juzgado o interrogado.
Adolescencia: privacidad, confianza y confidencialidad
En la adolescencia, la relación clínica necesita evolucionar. Parte del desarrollo saludable implica construir autonomía y aprender a participar en decisiones sobre la propia salud.
Cuando es apropiado, ofrecer un espacio privado para conversar con el adolescente puede facilitar que hable de temas que quizá no expresaría frente a otras personas. La confidencialidad es una parte importante de la atención adolescente, pero no es absoluta: deben explicarse sus límites y actuar cuando existe un riesgo importante para la seguridad o cuando la legislación obliga a comunicar determinada información.
Privacidad no significa excluir a la familia. Significa construir una relación en la que el adolescente pueda tener voz y en la que los adultos responsables sigan participando de manera adecuada a su edad, madurez, necesidades y seguridad.
Cuando la familia también necesita ser acompañada
Una sospecha diagnóstica, una referencia a psicología o psiquiatría o la posibilidad de iniciar un tratamiento puede despertar muchas emociones en una familia.
Puede haber miedo, dudas, culpa, incertidumbre o preocupación por los medicamentos, las evaluaciones, el estigma o lo que un diagnóstico pudiera significar para el futuro.
Nuestra tarea no debería ser interpretar esas preguntas como “resistencia” y apresurar a la familia a aceptar una etiqueta. Podemos explicar qué sabemos, qué todavía necesitamos comprender, qué opciones existen, qué decisiones pueden esperar y qué riesgos requieren actuar con mayor rapidez.
A veces una de las preguntas más importantes de la consulta no se dirige al paciente, sino a la persona que lo cuida:
“¿Y usted cómo está viviendo todo esto?”
Una red interdisciplinaria, no un profesional que lo hace todo
La salud mental infantil y adolescente rara vez se beneficia de una mirada aislada. Dependiendo de las necesidades, pueden participar psicología, psiquiatría infantil y adolescente, neuropsicología, trabajo social, terapia ocupacional, escuela y otros profesionales.
El pediatra puede ayudar a mantener una visión integral: revisar salud física, identificar comorbilidades, vigilar crecimiento y desarrollo, conocer tratamientos concomitantes, compartir información pertinente y facilitar que el cuidado no quede fragmentado entre diferentes servicios.
Esto también exige reconocer límites. Ser parte de la red no significa intentar sustituir a todos los demás especialistas.
Cuando el sistema dificulta el cuidado
Experiencia clínica personal. En mi trabajo dentro de hospitales de segundo nivel he visto consultas rebasadas, tiempos insuficientes para historias complejas, listas de espera, procesos administrativos difíciles y familias que deben recorrer distintos servicios antes de conseguir una atención especializada.
También he vivido la frustración de necesitar psicología infantil, neuropsicología o psiquiatría infantil y adolescente y encontrar que la disponibilidad no siempre corresponde con la magnitud de las necesidades clínicas. Esta experiencia no describe de manera uniforme todos los hospitales ni todos los sistemas, pero sí explica por qué para muchos pediatras la salud mental se ha convertido en una necesidad cotidiana que exige más formación y mejores redes.
La OMS y UNICEF reconocen que, a nivel global, la disponibilidad limitada de servicios, los costos, el estigma y la escasez de recursos humanos siguen siendo barreras importantes. Su recomendación es avanzar hacia redes comunitarias y modelos colaborativos que articulen salud, educación y sistemas de apoyo social.
Los pediatras también somos personas
Reflexión personal. Más de una vez he terminado una consulta y me he llevado parte de esa historia a casa.
He llorado después de atender a un paciente. He sentido ganas de abrazar a ese niño que se siente solo o de tomar la mano de una madre a la que quizá nadie había preguntado cómo estaba. También he sentido impotencia frente a pobreza, violencia, maltrato, abandono o limitaciones del sistema que no puedo resolver desde un consultorio.
La empatía es parte de la medicina, pero no debería significar que el profesional tenga que cargar solo con cada historia. Los pediatras también necesitamos equipos, colegas, espacios de supervisión, formación y atención a nuestra propia salud mental.
Cuidarnos no nos vuelve menos comprometidos. Puede ayudarnos a seguir cuidando con presencia, claridad y límites.
¿Cuándo necesitamos escalar la atención?
No toda tristeza, irritabilidad o dificultad escolar requiere atención psiquiátrica. Pero existen situaciones en las que debemos ampliar la valoración o buscar apoyo especializado con mayor rapidez.
- Ideas de muerte, ideación suicida, intento suicida o autolesiones.
- Riesgo de violencia, abuso, negligencia o cualquier situación que comprometa la seguridad.
- Síntomas psicóticos, desorganización marcada o cambios graves del funcionamiento.
- Alteraciones importantes de alimentación o peso con posible repercusión médica.
- Consumo de sustancias con riesgo clínico o deterioro significativo.
- Depresión, ansiedad u otros síntomas persistentes que interfieren de forma relevante con la escuela, la familia, las relaciones o el autocuidado.
- Cualquier cuadro que exceda las competencias o los recursos disponibles en el entorno de atención.
En estas situaciones, reconocer que necesitamos ayuda adicional también forma parte de una buena práctica pediátrica.
Más allá del cuidado físico
Ser pediatra es acompañar crecimiento, prevenir enfermedad, vacunar, diagnosticar y tratar. Pero también es preguntar cómo duerme un niño, qué está ocurriendo en la escuela, cómo se siente un adolescente o qué preocupa a una familia.
No tenemos que convertirnos en especialistas de todo. Sí necesitamos reconocer que la salud mental forma parte de la salud y que nuestra relación longitudinal con niños, adolescentes y familias puede abrir oportunidades para escuchar, orientar y actuar a tiempo.
Identificar una necesidad tempranamente no determina el futuro de un niño. Puede, en cambio, disminuir sufrimiento, facilitar apoyos y permitir que una familia comprenda mejor lo que está ocurriendo.
Curar no siempre significa resolverlo todo. A veces también significa reconocer, escuchar, acompañar y saber cuándo pedir ayuda junto con la familia.
Este artículo tiene fines educativos y no sustituye una valoración médica o de salud mental individual.
Fuentes consultadas
- World Health Organization. La salud mental de los adolescentes. 1 septiembre 2025.
- World Health Organization. Mental health of children and young people: service guidance. Geneva: WHO; 2024. ISBN 978-92-4-010037-4.
- Foy JM, Green CM, Earls MF, Berger-Jenkins E, Gambon TB, Nasir AA, et al. Mental Health Competencies for Pediatric Practice. Pediatrics. 2019;144(5):e20192757. doi:10.1542/peds.2019-2757. Reaffirmed May 2025.
- Committee on Practice and Ambulatory Medicine. 2024 Recommendations for Preventive Pediatric Health Care: Policy Statement. Pediatrics. 2024;154(1):e2024067201. doi:10.1542/peds.2024-067201.
- Chung RJ, Lee JB, Hackell JM, et al. Confidentiality in the Care of Adolescents: Policy Statement. Pediatrics. 2024;153(5):e2024066326. doi:10.1542/peds.2024-066326.


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