
Mi flaquita:
Hoy te miré y pensé, qué orgullo y qué suerte tan grande tengo de ser tu mamá.
Y quise escribirlo antes de que crezcas más. Antes de que nos lleguen las prisas, la adolescencia, los portazos y los “ya mamá dejame sola!…” y todas esas etapas que sé que algún día van a llegar.
Quiero que esta carta te acompañe, como una conversación entre nosotras, siendo solo un pedacito de nuestra historia.
Porque tu historia no empezó el día en que naciste. Empezó mucho antes. Antes de ti, yo creía que ya tenía mi vida armada. Trabajo, independencia, horarios, viajes, metas, una rutina estable. Y sí, era feliz… pero dentro de mí seguía existiendo esa sensación de que faltaba algo….Ser mamá.
Y luego llegó tu papá. Nos conocimos ya grandes, en nuestros treinta. No éramos dos adolescentes improvisando la vida; éramos dos adultos que poco a poco fueron construyendo algo bonito y tranquilo. Con el tiempo nos dimos cuenta de que queríamos cosas parecidas, que teníamos planes similares y muchas ganas de formar una familia. Pero llegar a ti no fue fácil. Nos costó muchísimo. Hubo espera. Frustración. Medicamentos. Estudios. Exámenes. Lágrimas silenciosas. Y muchísima esperanza.
También hubo ciencia. Y amor. Y amigos que nos ayudaron a sostenernos cuando el camino se sentía pesado. Fuiste una niña profundamente deseada. Planeada. Esperada. Luchada. Y después de todo eso… llegaste tú.
Naciste y cambiaste mi vida por completo. Yo tenía casi cuarenta años cuando te abrace por primera vez. Ya era pediatra desde hacía muchos años. Había visto muchisimos niños en consulta, urgencias y hospitalización… pero aun así estaba completamente perdida como mamá.
Porque una cosa es atender niños. Y otra muy distinta es ser la mamá de una niña que siente TODO. Desde chiquita eras intensa. Observadora. Sensible. Había algo en ti que yo no sabía explicar, pero podía sentir. Como si tu cabeza y tu corazón fueran demasiado grandes para un cuerpo tan pequeño.
Y después tus altas capacidades. Entonces muchas cosas empezaron a tener sentido: las preguntas infinitas, la curiosidad que nunca se termina, las emociones enormes, la cabeza que no descansa, la intensidad con la que vives todo.
Y ahí comenzó otro viaje para las dos.
Terapia.
Matemáticas.
Deportes.
Baile.
Música.
Yoga.
Actividades.
Espacios donde pudieras aprender, moverte, crear, conectar y sentirte libre siendo tú.
Y mientras trataba de entenderte a ti… empecé también a entenderme a mí. Porque en muchas cosas yo también fui parecida a ti.
Algún día entenderás lo que significa el hiperfoco. Porque yo también lo vivo. Y por eso empecé a estudiar y estudiar y estudiar. Cursos, diplomados, libros, terapia, maestrías… y aquí sigo, estudiando sábados y domingos por la mañana, en mis ratos libres y a veces a medianoche.
Todo porque quería entenderte mejor. Y quizá también entenderme mejor a mí. Pero quiero decirte la verdad. A veces no sé qué hacer.
Hay días donde tus emociones me rebasan.
Días donde me desespero.
Donde levanto la voz y luego me siento culpable.
Días donde quisiera hacerlo perfecto… y no puedo.
Y eso me enseñó algo que nadie te dice en la residencia de pediatría: Ser mamá es amar muchísimo, y sentir que no puedes hacerlo todo bien.
La maternidad me enseñó que mi paciencia también se termina. Que dentro de mí existe una mamá que se cansa, que se frustra, que llora y que a veces también se equivoca. Y aunque hubo momentos donde no me gustó verme así, contigo aprendí algo importante: El amor no es perfección. El amor es volver. Reparar. Pedir perdón. Intentarlo otra vez.
Me ayudaste a mirar partes de mí que estaban olvidadas.
A sanar heridas viejas.
A cuestionar muchas cosas.
A entender que pedir ayuda no me hace débil.
También llegó la pandemia y nos cambió la vida. Me enseñó que la vida puede cambiar de un momento a otro. Que los planes no siempre salen como uno imagina y que las personas que amamos pueden irse demasiado rápido. Ahí llegaron mis primeras crisis de ansiedad. Y creo que desde entonces empecé a vivir distinto.
Más consciente del tiempo.
Más agradecida.
Más sensible.
Más consciente de lo frágil que es todo.
Entendí que ni el dinero, ni el conocimiento, ni la medicina tienen control absoluto sobre la vida. Y por eso también cambiaron mis prioridades.
Renuncié a muchas cosas profesionales y económicas porque quería estar más presente contigo. Dejé el consultorio, las clases en la universidad y muchas ideas que tenía sobre el éxito.
Y quiero que recuerdes esto siempre: Una vida sencilla no es una vida mediocre y con los años entendí que el éxito cambia de forma en cada etapa.
A veces el éxito no es tener más dinero, más títulos o más reconocimiento.
A veces el éxito es algo mucho más pequeño y mucho más importante:
cenar juntas,
hornear contigo,
escucharte reír,
tener tiempo para abrazarte,
estar presentes.
También redescubrí partes de mí que había dejado olvidadas: el dibujo, la lectura, los viajes pequeños, la creatividad y la repostería como una forma de terapia ocupacional.
Y mientras todo eso pasaba, yo también fui creciendo. Y mis cuarenta me enseñaron algo: aprender a quererme con defectos. Aceptar errores. Soltar personas. Valorar a quienes sí se quedan. Entender que no todo dura para siempre, pero que los recuerdos y los aprendizajes sí permanecen.
Mayte, hay algo que quiero que recuerdes toda tu vida: No necesitas ser perfecta para ser amada.
No tienes que esconder tus emociones.
No tienes que hacerte más pequeña para encajar.
No tienes que dejar de sentir intenso.
No tienes que convertirte en alguien mas simple, para merecer amor. Solo sientes mucho.
Y aunque a veces eso agota… también es una de las cosas más bonitas de ti.
Sé que esto apenas comienza. Que vamos todavía al inicio del camino. Que vendrán más cambios, más enojos, más portazos, más ojos de huevo y que nuestros caminos seran paralelos y en algun momento tendre que soltarte. Y siempre voy a estar aqui para ti. Cansada a veces. Confundida otras. Improvisando muchas veces. Pero aquí. Tomando tu mano mientras aprendemos juntas.
Porque ademas de ser mi hija.
Eres mi reto.
Mi maestra.
Mi mayor aprendizaje.
Y el logro más grande de mi vida.
Y aunque no lo he hecho todo perfecto, cada día contigo me convierto un poquito más en la mamá que quiero ser. Qué suerte tan grande que me tocaras tú.
Te amo.
Mamá 🤍
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