Han pasado algunas semanas en silencio. Y aunque hay mucho en mi cabeza, a veces es necesario primero acomodarse por dentro antes de volver a hablar hacia afuera.
Y si algo confirmé en este tiempo es que nadie atraviesa los desiertos en absoluta soledad.
O al menos, no deberíamos hacerlo.

Hace unos días, después de una de esas semanas en las que la vida se siente como un maratón sin fin —entre el hospital, mi emprendimiento, los deberes de mi hija y el agotamiento emocional—, recibí un mensaje. Era de una de mis mejores amigas de la carrera.
No era un texto largo, solo una frase sencilla:
“¿Hola, cómo estás?”
Al leerla, supe que con ella podía contestar algo más que el automático “bien” que damos cuando alguien nos saluda en los pasillos del hospital. Sabía que podía decirle: me siento cansada y preocupada.
Y que, entre líneas, ella entendería que necesitaba un abrazo, una llamada o simplemente ser leída.
Y es entonces cuando sientes que puedes soltar la mochila de la carga mental por unos momentos y compartir esa carga con quien está a tu lado… aunque nos separen miles de kilómetros.
En ese instante, sentí cómo un nudo en el pecho —ese que a veces se forma por el burnout y la sobrecarga emocional— se deshacía. No necesité más. Ese pequeño gesto fue un recordatorio de que no estoy sola, de que hay un hilo invisible, tejido con años de risas, lágrimas y guardias, que me sostiene incluso en la distancia y el silencio.
Como pediatra, como madre, como mujer y como alguien que acompaña procesos emocionales todos los días, he aprendido una verdad profunda: necesitamos a nuestras amigas.
Necesitamos esa red de apoyo, esa sororidad que nos abraza y nos recuerda quiénes somos cuando el torbellino de la vida nos hace olvidarlo.
Por eso, antes de que termine febrero, quiero hablar de ellas.
De mis grandes compañeras.
De mis amigas.
De esa red invisible, profundamente humana, que muchas veces es el verdadero sostén emocional de nuestras vidas.
Porque ser mujer, ser madre, ser doctora… no debería significar poder con todo sola.

La ciencia de la amistad: más allá del café, ellas también son medicina
La conexión humana no es un lujo, sino una necesidad biológica codificada en nuestro sistema nervioso. La evidencia es clara: las personas con relaciones sociales sólidas tienen menor riesgo de depresión, ansiedad y enfermedades asociadas al estrés crónico. La amistad es, literalmente, medicina preventiva.
Frente al estrés, muchas mujeres no respondemos solo con el clásico instinto de “luchar o huir”. Tendemos a cuidar y crear lazos. Buscamos la conexión, la confidencia, el apoyo mutuo.
La cercanía con nuestras amigas regula nuestro sistema nervioso: una llamada, un mensaje o un abrazo pueden disminuir los niveles de cortisol y aumentar la oxitocina, esa hormona que nos hace sentir seguras, contenidas y acompañadas.
Cuando una amiga nos escucha sin juicio, algo dentro de una se acomoda. Dejamos de sentirnos raras o débiles. El cuerpo se relaja. El pecho se afloja. El alma descansa. No es exageración decir que son medicina para el corazón.
Desde la salud mental, hay algo que no podemos seguir ignorando: el bienestar de una mujer no depende solo de su fortaleza interna, sino de la calidad de sus vínculos.
Las amigas no son un adorno emocional.
Son anclas.
Son refugio.
Son sostén.
Dicho de forma simple: una amiga que escucha también es medicina.

La escucha activa: estar, sin corregir
La amistad es un camino de ida y vuelta. Y una de las formas más profundas de cuidarla es la escucha activa.
Escuchar sin juzgar, sin minimizar, sin intentar arreglar. Validar el dolor, acompañar el silencio, sostener la emoción. Es estar. Escuchar con el corazón abierto y decir, sin palabras: estoy aquí.
Pero la escucha activa no es solo para los momentos difíciles. También es saber celebrar los logros de tus amigas con alegría genuina. Alegrarte por su ascenso, por su nuevo proyecto, por lo bien que le va a su hijo.
La verdadera amistad se regocija en la felicidad del otro, sin comparaciones ni envidias.
Cuando una mujer puede llorar sin explicarse y reír sin justificarse, ahí hay hogar.

Maternidad: criar sola no es natural
La maternidad es, sin duda, la transformación más radical que he vivido. Criar en soledad no es natural; nuestra especie ha sobrevivido criando en tribu. Sin embargo, el modelo actual nos empuja a un aislamiento que incrementa el riesgo de trastornos emocionales en esta etapa tan vulnerable.
Hasta que fui mamá entendí verdaderamente el concepto de tribu. En mi grupo de amigas, varias nos convertimos en mamás casi al mismo tiempo. Con meses de diferencia, pero juntas. Eso nos permitió acompañarnos en esos momentos en los que, aun creyendo que sabes todo, te das cuenta de que no sabes nada. Poder decir sin culpa: estoy cansada, no sé qué hacer.
Nos reuníamos a festejar los cumpleaños de nuestros hijos, los veíamos crecer, hacerse amigos entre ellos, y nos dábamos cuenta de que todas —a nuestra manera, con distintos estilos— lo estábamos haciendo bien.
Si hay una etapa donde la red se vuelve indispensable, es la maternidad. La transición a maternar implica una reconfiguración profunda de la identidad. Y aun así, muchas mujeres la atraviesan aisladas, con la presión de hacerlo “bien”, de no quejarse, de no fallar.
En consulta lo veo todo el tiempo: madres agotadas, desbordadas, dudando de sí mismas en silencio. A veces solo necesitan que alguien les pregunte: “¿y tú cómo estás?”, que les eche porras, que les diga “lo estás haciendo bien”, pero también que les quite la carga de la perfección.
Porque la maternidad es hermosa… pero, como leí por ahí:
ni lo hermosa le quita la chinga,
ni la chinga le quita lo hermosa.
Cuando navegas en un mar de dudas y culpa materna, una amiga que te dice “a mí también me pasa” se convierte en un salvavidas. La que entiende que canceles planes, que tu casa esté hecha un caos, que escucha tus miedos a las once de la noche sin minimizarlos.
Muchas veces no es la pareja ni la familia. Es otra mujer, igual de cansada, igual de real, sosteniéndote desde la empatía.
Son las que te recuerdan que, antes de ser “la mamá de Mayte”, sigues siendo tú.

Amistad y sororidad en el trabajo… y en la medicina
La sororidad no es una palabra bonita para redes sociales. Es una postura vital.
En el trabajo también se forman tribus. Y en profesiones de alta exigencia, como la medicina, la amistad entre colegas no es un lujo: es una estrategia de supervivencia emocional.
La medicina es una carrera de resistencia. De frustraciones, de sistemas que muchas veces deshumanizan, de guardias largas y decisiones difíciles. Y si eres mujer, la carga suele ser doble: se suma la presión invisible de demostrar que somos capaces, que podemos sostener, que podemos resistir. No es casualidad que muchas médicas presenten niveles elevados de burnout.
Como profesora de residentes, lo veo todos los días. Veo la necesidad urgente de crear espacios seguros donde como doctora se pueda ser vulnerable, donde se pueda hablar del miedo sin ser juzgada.
Tener colegas que también son amigas cambia todo. Son las que entienden sin explicar, las que cubren una guardia, las que preguntan “¿en qué te ayudo para que ya te vayas?”, las que celebran un logro y las que dicen “lo hiciste bien” cuando más se necesita escucharlo.
Son las que te abrazan ante un diagnóstico difícil, cuando un paciente se complica o fallece, y entienden las lágrimas de impotencia al saber que, aun haciendo todo, no siempre es posible obtener el mejor resultado.
Esa es la sororidad en la trinchera.
En la vida cotidiana, la sororidad se ve así: cuando una mujer cae y las demás no miran desde lejos; cuando el éxito de la otra no incomoda, sino que inspira; cuando dejamos de preguntarnos “¿por qué ella sí?” y empezamos a pensar “si ella pudo, yo también”.
La sororidad no nos quita fuerza individual.
La multiplica.
Amigas que permanecen, aunque todo cambie
La vida cambia. Nos mudamos. Cambiamos de trabajo. Cambiamos de prioridades. Cambiamos de versión.
Pero las amistades verdaderas tienen esa capacidad mágica de adaptarse y permanecer.
Están esas con las que, aunque pase el tiempo, cuando vuelves a hablar parece que solo se hubiera pausado la conversación. Eso también es un vínculo seguro.
Están las amigas de la infancia que guardan nuestra esencia. Aunque no conservo a muchas de la primaria o la secundaria, tengo dos o tres con las que sigo en contacto por Facebook o WhatsApp. Algunas incluso fueron mamás de mis pacientes cuando tenía consultorio particular. Reencontrarnos desde una versión más madura y humana nos volvió a acercar.
Están las amigas de la universidad, las que conocieron nuestros desvelos, el estrés de los exámenes, las guardias y la ansiedad de darnos cuenta de que, sin saber cómo, nos habíamos convertido en adultas. Algunas están cerca, otras a miles de kilómetros, pero todas forman parte de quién soy.
Y siguen llegando amigas nuevas.
Las que llegan en la adultez para sostenernos en esta versión más compleja de nosotras mismas.
Un recordatorio necesario
Necesitamos dejar de romantizar la idea de poder solas.
La independencia no se opone al acompañamiento.
La fortaleza no está en resistir sin ayuda, sino en saber dejarse sostener.
La amistad, la sororidad y la red de apoyo no son debilidad.
Son prevención.
Son vida compartida.
Hoy quiero brindar por ellas.
Por las amigas que son familia, por las que están cerca y por las que están lejos.
Por las que nos conocieron antes de ser madres y por las que nos encontramos en el camino de la maternidad.
Por las que nos acompañan en la trinchera de la medicina y por las que nos recuerdan que hay vida más allá de ella.
Por las que nos sostienen en la tristeza y celebran con nosotras en la alegría.
Porque, al final del día, son ellas las que hacen que este viaje llamado vida sea más ligero, más brillante y profundamente humano.
Con cariño para todas y cada una de mis amigas,
Skarlett

💛 Una invitación final
👉 Escríbele hoy a esa amiga que ha sido refugio, faro o ancla en tu vida.
👉 Comparte este texto con esa mujer que sabes que hoy está cansada.
💬 Y si te nace, cuéntame en los comentarios:
¿quién ha sido tu red últimamente? ¿Qué amiga te ha sostenido?
Este espacio también es parte de tu tribu.
Mantra para llevar contigo
Mi fuerza no proviene de poder hacerlo todo sola, sino de la valentía de dejarme sostener.
Donde hay sororidad, hay refugio y esperanza.
Donde hay escucha, hay sanación.
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