Pediatra de tus emociones.

Salud emocional infantil y adolescente con humanidad y ciencia. Acompaño a tu hijo y también a ti como mamá o papá. Berrinches, ansiedad, regulación emocional, culpa parental, altas capacidades y burnout.

El Papel del Pediatra en el Desarrollo Emocional Infantil: Más Allá del Cuidado Físico

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Como papás pensamos en el pediatra y solemos imaginar al profesional que mide, pesa y vacuna a los niños, al que cuida al niño con fiebre, diarrea o tos. Sin embargo, nuestro rol va mucho más allá de la atención física. Cuando somos el pediatra de cabecera de la familia, nos convertimos en los “tíos postizos”, en el amigo de confianza para los papás y en alguien cercano a la familia, y también poco a poco nos ganamos la confianza de ese pequeño bebé convertido en adolescente, nos encariñamos con nuestros pacientes y nos emociona verlos crecer y festejar sus logros, pero también los acompañamos en sus luchas internas, en los procesos de transición y adaptación por cada etapa.

Hoy más que nunca, la salud mental infantil y adolescente ocupa un lugar central en nuestras consultas. Trastornos como la ansiedad, la depresión o los problemas de conducta y trastornos alimentarios están en aumento, muchas veces manifestándose de forma sutil, a través de cambios en el sueño, el rendimiento escolar o incluso problemas físicos recurrentes sin una causa aparente. Y es ahí donde nuestra responsabilidad como pediatras nos coloca en una posición privilegiada: ser los primeros en detectar y guiar a las familias hacia un cuidado emocional integral. Sin embargo, esta área de la salud a menudo se encuentra estigmatizada, incomprendida y subatendida.

¿Por qué es tan importante cuidar la salud mental de niños y adolescentes?

La salud mental es como la base de una casa: si está fuerte, todo lo demás puede construirse mejor.

En la niñez y la adolescencia, es especialmente importante porque es cuando los chicos aprenden a manejar sus emociones, convivir con otros y a pensar de forma más compleja.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 10 % y el 20 % de los adolescentes lidian con problemas de salud mental, y muchos de ellos comienzan antes de los 14 años. Pero, lamentablemente, muchas veces no reciben la ayuda que necesitan por culpa del estigma, la falta de servicios adecuados o poco apoyo en su entorno.

¿Qué está pasando con la salud mental en jóvenes?

Datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) y UNICEF muestran algo preocupante: cada vez más adolescentes sufren ansiedad, depresión o incluso piensan en el suicidio. La pandemia de COVID-19 agravó las condiciones de salud mental de niños y adolescentes, provocando un aumento en la incidencia de depresión, ansiedad, trastornos del sueño y alimentarios, así como ideación e intentos suicidas. Estadísticas recientes muestran un incremento preocupante en los intentos de suicidio, especialmente entre mujeres adolescentes, y señalan un acceso limitado a servicios especializados como una barrera crítica para la atención.

Atención Temprana: Una Oportunidad Única

La detección precoz es pilar para la salud mental infantil, debemos observar indicios de alarma incluso antes de que los padres lo noten, nuestra función va más allá de solo identificar el problema, si no también convertirnos en guías y aliados para la familia. En el momento que tenemos una sospecha diagnostica acompañar a los padres en el proceso, brindarles herramientas, ofrecerles un espacio seguro para expresar sus dudas y emociones. La afectación en la salud mental de un niño o adolescente es un proceso complicado para todo el entorno familiar, siempre hay sentimientos de culpa, incertidumbre, negación y rechazo al diagnóstico e incluso aun cuando el paciente ha sido valorado por múltiples especialistas y se han realizado pruebas o evaluaciones los pacientes se sienten invadidos en su espacio personal, los padres se muestran renuentes a iniciar el manejo con medicamentos o incluso a la necesidad de hospitalización de ese pequeño. Y es aquí donde nuevamente expresar nuestra empatía y dar información clara se vuelve indispensable.

Institucionalmente nos vemos rebasados en el numero de consultas de salud mental, el tiempo asignado para cada consulta es mínimo para brindarle una atención adecuada, el sistema de salud publica no ha sido actualizado a los nuevos motivos de consulta, considerando 15 min por paciente, cuando ese paciente requiere de toda nuestra atención y comprensión, y tal vez sea la única vez que lo veamos en el consultorio, porque la próxima valoración puede ser en urgencias por un intento suicida o por un desequilibrio metabólico o una sobredosis.

Los procesos administrativos y el incremento en el número de pacientes sin modificaciones en la plantilla de médicos especialistas, el no contar con los suficientes hospitales psiquiátricos infantiles en el país,  hacen que las valoraciones por especialistas y subespecialistas  sean muy diferidas en tiempo, incluso con citas 1 vez cada 6 meses o rechazos en el sistema por trámites burocráticos, firmas, sellos y autorizaciones, haciéndolo aún más complicado para  los padres y los pacientes que se encuentran en el camino de la aceptación, llevándolos a rendirse  y no continuar con el manejo terapéutico en muchas ocasiones. Aunado a todo esto hay un rango de edad en el que el adolescente pierde derechohabiencia si no continua sus estudios y no labora y queda desprotegido.

Al menos en hospitales de segundo nivel no contamos con una adecuada atención psicológica, no tenemos psicólogos infantiles, neuropsicólogos y ni hablar de paidopsiquiatras. Los pacientes pediátricos son atendidos por especialistas de adultos, mientras esperan la autorización o la cita subsecuente en paidopsiquiatría. Por lo que es de suma importancia que como pediatras nos involucremos mas en el tema de atención a la salud mental, nos preparemos de manera continua y también sepamos manejar nuestras propias emociones.

Personalmente en más de alguna ocasión me he visto afectada por la situación de algún paciente en particular, llorando al llegar a casa después de terminar la consulta, sintiendo la necesidad de abrazar a ese paciente que se siente solo o dándole la mano a esa madre a la que nadie le ha preguntado ¿y usted como esta?

También nosotros requerimos el apoyo y la atención de colegas para el manejo de nuestras propias emociones, al sentir la impotencia de no poder hacer mas de lo que quisiéramos por ese niño, saber las condiciones de pobreza, maltrato infantil, abuso o abandono y ver como ese niño pide ayuda y saber las limitaciones del sistema y ver que hay cosas que están fuera de nuestras manos.

Empatía y Rapport: Construyendo Puentes de Confianza

Cada niño que llega a consulta trae más que un síntoma físico; trae su mundo emocional, sus miedos y sus inquietudes. Desde la primera consulta es importante establecer una relación basada en la confianza y el respeto.

El rapport, ese puente emocional entre médico y paciente, el pediatra debe no solo limitarse a hablar con los padres como portavoces, sino también conectar con los niños, convertirnos en alguien en quien ellos confíen y que ellos sepan que estaremos ahí para escuchar, cuidar y curarlos. Un pediatra no debe ser alguien que inspire miedo o que cuando el niño o adolescente vaya a consulta se sienta juzgado o regañado por otro adulto más.

Escuchar sus palabras, validar sus emociones y hablarles en un lenguaje que puedan comprender no solo refuerza su autoestima, sino que les enseña que sus sentimientos importan. Esto, en muchas ocasiones, abre la puerta para identificar y abordar problemáticas emocionales que podrían pasar desapercibidas.

Escucha Activa: Más que Oír, Comprender

La escucha activa implica más que prestar atención a las palabras de los niños o sus cuidadores. Es un compromiso de comprensión profunda. Al observar gestos, actitudes y respuestas no verbales, podemos captar mucho de lo que no se dice. A menudo, un niño no encontrará las palabras para expresar lo que siente, pero lo hará a través de su comportamiento o sus interacciones.

Como pediatras, al escuchar activamente y fomentar un espacio libre de juicio, creamos una base sólida para explorar las emociones y las necesidades del niño. Además, esto fortalece la confianza de los padres y fomenta un trabajo en equipo para apoyar al menor.

Manejo Interdisciplinario: Una Red de Apoyo Integral

La salud mental rara vez puede abordarse de manera aislada. Requiere la colaboración de un equipo interdisciplinario compuesto por psicólogos, psiquiatras, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales, maestros, y, por supuesto, la familia.

En este contexto, el pediatra desempeña un papel fundamental como el punto de enlace entre el niño, su familia y los demás especialistas. Al coordinar esfuerzos, aseguramos que cada pequeño reciba una atención integral que abarque todas las áreas de su vida: física, emocional y social.

¿Qué podemos hacer?

Aquí algunas ideas para marcar la diferencia:

  1. Detectar a tiempo y brindar atención accesible: Incluir evaluaciones sencillas durante las consultas pediátricas ayuda a identificar signos de alerta, como problemas para dormir, cambios de ánimo o bajo rendimiento escolar.
  2. Crear redes de apoyo comunitarias: Los esfuerzos no deben quedarse solo en el consultorio. Hay que trabajar junto con escuelas, familias y grupos sociales para que los niños y adolescentes tengan entornos que los hagan sentir seguros y apoyados.
  3. Enseñar habilidades emocionales: Los pediatras pueden ser aliados para enseñarles a los niños y a sus familias cómo manejar sus emociones, fortalecer su resiliencia y construir relaciones sanas.
  4. Hablar abiertamente sobre la salud mental: Romper con el estigma es clave. Es hora de dejar de ver la salud mental como un tabú. Hablar de esto de forma natural ayuda a reducir el estigma y abre puertas para que más personas busquen ayuda sin miedo.

Una Huella para Toda la Vida

La intervención temprana en la salud mental de los niños no solo impacta su presente, sino que define su futuro. Un niño que recibe el apoyo adecuado en sus primeros años tiene más probabilidades de convertirse en un adulto resiliente, con habilidades emocionales sólidas y una mejor calidad de vida.

Ser pediatra es mucho más que diagnosticar y prescribir. Es ser testigo de las risas, los miedos y las dudas de quienes están en una etapa llena de cambios. Nuestra empatía no solo genera confianza; da el mensaje de que nadie está solo en esto.

Al final del día, cuando un niño o adolescente siente que hay un adulto que los comprende, un papá que recibe orientación en lugar de juicio, o una familia que entiende la importancia de cuidar la salud mental, estamos sembrando la semilla de un bienestar que trasciende generaciones.

Como pediatras, somos aliados en cada paso de ese camino y debemos entender que curar no solo se trata de sanar un cuerpo, sino también de acompañarlos en sus emociones.

Si queremos un futuro lleno de adultos saludables, cuidar la mente desde la infancia no es solo una opción, es un derecho y una responsabilidad que compartimos todos.


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