
La Residencia de Pediatría: Un Viaje que Nos Cambia para Siempre.
Estando próximos a iniciar el nuevo ciclo de residencias médicas, despedimos a nuestros R1 que cambian a hospital de tercer nivel y recibimos a los nuevos residentes.
Cada año pienso si la preparación que están recibiendo es adecuada en temas médicos, en práctica clínica, en resiliencia, empatía y trato a los pacientes, pero me preocupa que tanto estamos tomando en cuenta a la persona que está detrás de ese R1 y cuidando su salud mental.
Analizando hacía donde vamos y como lo hemos hecho antes, pero sobre todo hacia donde estamos guiando a nuestros becarios, me di a la tarea de hacer una introspección y regresar a mis días de residente y recordar a las generaciones de becarios con los que he coincidido en su formación.
A más de 20 años de antigüedad y 12 años en esta unidad, he estado en contacto con varias generaciones de residentes, y me enfoco en ellos porque son con los que más tiempo compartimos. ¡¡¡¡Y no es porque la salud mental de los preinternos e internos no cuente o valga menos, vale igual o más!!! Si cuidamos a los pequeños desde “semestreros” llegarán con una mejor actitud y una visión más realista de la residencia médica. Pero los residentes han pasado por un proceso de selección nada fácil para llegar a donde están y la gran mayoría pasan por momentos de madurez acelerada que durante la carrera de medicina se habían postergado.
La formación de los especialistas en pediatría ha evolucionado significativamente, pero uno de los desafíos más persistentes a nivel mundial es el bienestar emocional de los médicos residentes. Esta etapa es crucial, no solo por la intensa carga académica y práctica, sino también por el impacto que tiene en la salud mental y la calidad de vida de quienes dedican sus vidas al cuidado infantil.
Ser residente es una de las etapas más transformadoras, pero también más duras en la vida de cualquier médico.
El Entorno Emocional del Residente de Pediatría
Desde el primer día, los residentes enfrentan una realidad compleja: largas jornadas laborales, alimentación deficiente, sueño insuficiente y una constante sensación de infravaloración. Estas condiciones, lamentablemente, se han normalizado en los hospitales, perpetuando un ciclo de agotamiento físico y emocional que, lejos de fortalecer al residente, lo erosiona, llevándolo a una confusión constante al preguntarse ¿qué hago aquí?, ¿estuvo bien la decisión que tomé? en algunas ocasiones con tristeza, frustración obtienen sus respuestas y ven que es algo transitorio y superan esa mala racha pero en otras ocasiones los llevan a la renuncia de un sueño.
Los residentes deben aprender a gestionar el deterioro clínico de los pacientes crónicos, el maltrato infantil, los problemas socioemocionales de los pacientes y en algunos casos, la muerte de sus primeros pacientes, un momento devastador que pone a prueba su estabilidad emocional y que a menudo enfrentan sin el apoyo adecuado.
Cuando miro atrás, recuerdo esos días en los que parecía que todo se derrumbaba, el cansancio extremo, las noches sin dormir, el peso de las primeras muertes de pacientes… pero lo que más duele, y lo que casi nadie ve, es esa tristeza silenciosa que se va acumulando. Durante mi residencia, había días en los que el agotamiento emocional nos sobrepasaba. Sin embargo, nadie hablaba de eso y era normal. La depresión estaba ahí, pero nos acostumbramos a ocultarla detrás de sonrisas cansadas y chistes para sobrevivir la guardia, definitivamente yo no lo hubiera logrado sin mis compañeros de guardia, pero sobre todo sin mi Paty, Heleodoro y Martin.
Llorar en silencio en el baño era casi parte de la rutina, pero ¿cómo decirle a alguien que te sientes así sin temor a que te juzguen? Recuerdo que en aquel momento yo quería irme a la Ciudad de México a hacer una subespecialidad y mi mamá sin saber tanto de salud mental, pero conociéndome como solo ella lo hace, me dijo no quiero que te vayas, si te vas te voy a perder, te vas a deprimir más y no vale la pena tu salud mental por unos pesos o un diploma.
No se trata solo de aprender a diagnosticar o a manejar un caso complicado. A esto se suma el proceso emocional de adaptarse a nuevas ciudades, la presión de estar solteros o enfrentar problemas de pareja, porque la residencia no nos deja tiempo para nada más. Es aprender a manejar tu propia vida mientras das todo por los demás. Los cual aunado a la presión de sentirnos siempre evaluados, agravan la sensación de soledad. Es fácil sentirse perdido en medio de todo eso.
Hoy, como médica tratante y profesora, veo a mis residentes luchando contra esa misma sombra. La diferencia es que ahora trato de ser la voz que les diga: “Está bien no estar bien. Aquí estoy para escucharte y abrazarte.” Pero sé que no siempre es suficiente. Hay un miedo constante a mostrar vulnerabilidad, como si aceptar que estamos tristes o agotados fuera un signo de debilidad. Pero también soy juzgada por que en la formación de residentes no hay mucha diferencia con la crianza respetuosa, la educación humanista y personalizada, el cuidar a los chicos, enseñarles sin maltratos y comprender que ellos también tienen derechos y obligaciones, así como nosotros las tenemos hacia ellos, es visto por muchos como ser sobreprotectora o ser la profesora barco, la que no les dice nada y les da chance de hacer lo que ellos quieran.
El Choque Generacional: Un Desafío Adicional
Un aspecto profundamente relevante, es la brecha generacional entre los médicos tratantes y las nuevas generaciones. Cuando tuve mi primera plaza como médico de base tenía menos de 30 años, con lo que la edad entre los becarios y yo era mínima, incluso algunos eran de mi edad o más grandes, el día de hoy los residentes en su gran mayoría podrían ser mis hijos sin temor a exagerar. Y hoy soy del grupo de los adscritosaurios jajaja o los médicos de la vieja escuela… termino que no me gusta utilizar porque aunque soy una cuarentona y salí de la residencia hace más de 20 años, la vieja escuela es vieja si dejas de leer y estudiar y si te dejas oxidar y no te actualizas, pero para que esta la tecnología en la palma de la mano, computadoras y tablets.
Los métodos de enseñanza tradicionales son a menudo rígidos y los médicos nos caracterizamos por ser extremadamente jerárquicos, lo cual choca con la necesidad de una educación más humanizada y colaborativa que buscan los residentes actuales. Este choque genera tensiones que, lejos de enriquecer el aprendizaje, incrementan el estrés y el maltrato cotidiano. Y seguimos perpetuando que estos residentes sigan aplicando los mismos métodos a sus R menos o a sus nuevos becarios cuando ellos sean médicos tratantes.
Algo que me tocó vivir por desgracia fue esa relación distante y a veces dura con los médicos tratantes, pero en su mayoría con los que fueron mis R2 y R3. La enseñanza solía ser autoritaria, y pocas veces se reconocía el lado humano de quienes estamos aprendiendo. Muchos médicos mayores creen que el único camino es el que ellos recorrieron, y eso puede ser una carga emocional para quienes están empezando. Siempre existe la frase trillada de cuando yo era residente, en mis tiempos, cuando yo estaba en tal o cual hospital las cosas se hacían así, como si fuera un orgullo haber recibido malos tratos, estar a cargo de un piso completo de pacientes sin un médico tratante y tener que hacer 40 notas e indicaciones en máquina de escribir, ahora ellos tienen la facilidad de tener computadoras, expedientes electrónicos y el poder tener información al instante transformando la residencia, aunque también ha traído problemas como el abuso del copy-paste y menor agilidad mental al sacar cálculos.
Ser Tratado Como Adolescente.
Es común que, a pesar de ser adultos de más de 25 años, los residentes sean tratados como adolescentes dentro del sistema hospitalario. Las decisiones sobre sus horarios, descansos y hasta su bienestar personal son tomadas por otros, lo que refuerza una sensación de falta de autonomía y reconocimiento. Y los pacientes y familiares los siguen tratando como el practicante o el ayudante o el estudiante, sin reconocer el esfuerzo que ha llevado el llegar al R1 y todo es circunstancial, en este momento yo soy tratante, pero en algunos años ese R1 puede ser jefe de servicio o el medico que trate a mi hija.
Cuidar a Quienes Cuidan: La Humanización es Urgente
El cambio empieza por humanizar la enseñanza médica. Necesitamos hablar de emociones, de la depresión, del agotamiento. Como médicos tratantes, debemos ser mentores que acompañen, no solo supervisores que exijan. Dar espacio para expresar lo que sienten, ofrecer apoyo psicológico, y fomentar el autocuidado.
Atender la salud mental de los médicos en formación es una inversión en el futuro de la medicina. Un residente emocionalmente sano será un pediatra más empático, consciente y comprometido con sus pacientes. No solo necesitamos especialistas que sepan mucho, sino médicos que también sepan cuidarse a sí mismos para poder cuidar a los demás. La enseñanza médica debe evolucionar hacia un modelo donde la salud emocional sea tan importante como el conocimiento técnico.
Porque finalmente estamos tratando a lo más valioso, a los hijos de alguien más, y siempre tenemos que enseñarles empatía, resiliencia, compasión y el no ver al paciente como un número, como una estadística o como una obligación. Y como vamos a enseñarles a que sean humanos con los pacientes si no somos amables entre nosotros mismos.
Porque Ser Médico No Debería Significar Sufrir
La medicina no tiene que ser un camino de sacrificio constante. Es hora de romper el silencio sobre la depresión en la residencia, de validar lo que sienten nuestros residentes y de ofrecerles el apoyo que necesitan. Solo así podremos formar un sistema de salud más humano, donde todos —desde los médicos hasta los pacientes— puedan sentirse realmente cuidados. Es crucial implementar programas de apoyo emocional, acceso a recursos psicológicos y fomentar una cultura de respeto, validación y autocuidado.
